Los
derechos humanos son consecuencia de la dignidad de la persona humana.
La Iglesia ha tomado conciencia de que forma parte de su misión
la defensa y la promoción de los derechos de la persona, a ejemplo de
Jesús, que se manifestó siempre atento a las necesidades de los
hombres, particularmente de los más pobres. La defensa de los derechos
humanos es un servicio más que la Iglesia presta a la humanidad.
No nace de una oposición revolucionaria a las autoridades
tradicionales, sino de los mismos derechos que el Creador ha
puesto en la naturaleza humana, y de la unión que Cristo tiene
con todo ser humano.
El
Concilio Vaticano II afirmó que “es necesario que se facilite al
hombre todo lo que éste necesita para vivir una vida verdaderamente
humana, como son el alimento, el vestido, la vivienda, el derecho a la
libre elección de estado y a fundar una familia, a la educación, al
trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada información, a
obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protección
de la vida privada y a la justa libertad también en materia
religiosa” (Gaudium et Spes 26).
El
Catecismo dice: “Estos derechos son anteriores a la sociedad
y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad:
menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación
positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este
respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la
violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la
Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y
distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas” (n. 1930)