La
dignidad de la persona humana se basa en que ha sido creada a imagen
y semejanza de Dios, y Dios además ha llamado a todo ser humano a participar
de su amistad. El ser humano, como ser inteligente y libre, con sus
derechos y sus deberes, es el primer principio y como el corazón
y el alma de la enseñanza social de la Iglesia. Todo ser
humano: el rico y el pobre, el blanco y el negro, el anciano y el
enfermo, el niño e incluso el no nacido. También el embrión humano
tiene la dignidad de persona humana.
El
desarrollo de la persona humana está en el centro de la sociedad.
Toda la sociedad, con sus estructuras, organizaciones y funciones, tiene
el deber de orientar la vida económica y social de tal forma que
permitan al mayor número de personas desarrollar sus cualidades
y satisfacer sus buenos deseos de perfección y felicidad.
Por
eso, la Iglesia nunca se cansará de insistir sobre la dignidad de la
persona humana, contra todas las esclavitudes, explotaciones y
manipulaciones de ayer y de hoy que perjudican a la persona humana,
no sólo en el campo político y económico, sino también
en el cultural, ideológico o médico. La defensa de la dignidad
de la persona humana forma parte de la misión de la Iglesia. El
Código de Derecho Canónico manda a los sacerdotes que en la
homilía de la Eucaristía “enseñen la doctrina que propone el
Magisterio de la Iglesia sobre la dignidad y libertad de la persona
humana” (canon 768.2). Los laicos cristianos, tanto si se
dedican a una actividad ordinario como a la política activa,
deben trabajar para que la persona humana ocupe verdaderamente el centro
de la vida social.