La
paz es el deseo profundo del corazón humano. Buscar soluciones a
los retos de la convivencia en el mundo actual es una de las grandes
tareas a las que debemos responder hoy los cristianos.
Una
de las mayores amenazas a la paz nos viene del terrorismo. El
terrorismo nunca puede ser justificado, en ningún lugar y en ningún
tiempo. El terrorismo produce miedo, odio, enfrentamiento, y daños
irreparables. Una sociedad que lo tolera es una sociedad gravemente
enferma. Todas las víctimas merecen el apoyo de la sociedad entera.
Todo
ciudadano y todo gobernante está obligado moralmente a empeñarse en evitar
la guerra. De todas formas, la paz no es sólo ausencia de guerras.
Sin embargo, el recurso a la legítima defensa mediante la fuerza
militar está justificado sólo cuando se cumplen unas condiciones
muy estrictas: que el daño causado a la nación o a la comunidad de
naciones sea duradero, grave y cierto; que todos los demás medios hayan
sido inútiles,; que se reúnan las condiciones serias de éxito; que el
empleo de las armas no traiga desórdenes más graves que el mal que se
pretende eliminar. Los gobernantes deben decidir prudentemente si se
cumplen estas condiciones antes de emprender una acción militar.
Ni
en la guerra ni el la lucha contra el terrorismo todo está permitido.
La ley moral tiene valor siempre. Hay que tratar con humanidad a
los no combatientes, a los soldados heridos y a los prisioneros. Las
acciones contrarias a la dignidad de las personas y al derecho de gentes
son crímenes; nunca se puede obedecer una orden criminal.
Hay
que buscar “caminos para la paz”. La
mayor amenaza a la paz nos viene de la injusticia, las desigualdades de
orden económico y social, la envidia, la desconfianza y el orgullo. Hay
que trabajar también por la promoción de la comprensión y solidaridad
entre las culturas y los pueblos.