Todos
los totalitarismos, sean de izquierdas o de derechas, parten de
una visión negativa del ser humano y de la vida social. Se
desconfía de sus capacidades, y por eso creen que la mejor forma de
gobierno es la dictadura, que controle los excesos de la libertad humana
y dirija toda la sociedad. Cuidado, que esta desconfianza ante la libre
iniciativa de los ciudadanos puede darse también entre gobiernos
elegidos democráticamente.
La
Doctrina Social de la Iglesia, sin embargo, parte de la confianza
en la libre iniciativa de las personas y de la sociedad que busca el
bien común. Una sociedad no puede tener su origen en la autoridad del
Estado, sino en el dinamismo de sus miembros. El ser humano tiene
una inteligencia y una voluntad, que le confieren una dignidad especial.
Por
otro lado, las sociedades no están configuradas sólo por individuos
aislados. Una sociedad en la que no exista nada entre el Estado y los
ciudadanos es una sociedad mal estructurada, una sociedad deforme, y por
eso terminará por enfermar. Es como un elefante enorme, que sólo
tuviera piel y carne, sin huesos. Por eso hace falta también “sociedades
intermedias”, que acogen e integran a las personas, y ayudan a
vertebrar la vida social.
La
“sociedad intermedia” mínima es la familia. Ella está en la
base de toda la vida social. Por eso necesita del apoyo de toda la
sociedad. Una familia fundada sobre el matrimonio duradero de un hombre
y un mujer, con los hijos que la integran. A esta estructura familiar no
se le pueden equiparar otras formas de “convivencia humana”, como
las surgidas de uniones homosexuales u otros experimentos sociales. Si
la familia anda mal, toda la estructura social se resiente y termina por
hacer “crack”.
A
partir de la familia se integran las comunidades locales
(ayuntamientos), las asociaciones profesionales, culturales, o
religiosas, las regiones y los Estados, los organismos internacionales,
y la sociedad universal.