En
el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se dice que la
“solidaridad” es: “Adhesión circunstancial a la causa o a la
empresa de otros”. Para el cristiano, sin embargo, la solidaridad no
es algo “circunstancial”, sino “permanente”. No consiste
en ser solidario cuando “toca”, o cuando se mueve una “campaña de
solidaridad” con esta o aquella “causa”. Incluso hay productos
comerciales que se venden con el reclamo de que al comprarlo somos
solidarios, porque un tanto por ciento del precio se destina a una buena
causa.
No.
La solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y
cristiana. Se manifiesta en primer
lugar en el deber que tiene toda sociedad de redistribuir la riqueza
entre todos, y procurar unos salarios dignos. Supone también
el esfuerzo por un orden social más justo, en el que las
tensiones puedan ser resueltas, y en el que los conflictos encuentren más
fácilmente una salida negociada. Los graves problemas socio-económicos
de nuestro mundo sólo se pueden resolver con la ayuda de todas las formas
de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y
los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los
empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos.
La
solidaridad entre las naciones es una exigencia del orden moral.
En buena medida, la paz del mundo depende de que funcione esta
solidaridad. La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes
materiales. Significa también
compartir los bienes espirituales de la cultura, de la educación y de
la fe. El amor cristiano nos lleva a compartir con los demás nuestra
fe y todo lo que somos y tenemos. Por eso donde la Iglesia ha
llevado el evangelio, ha portado también los bienes de la cultura y los
demás bienes materiales.