Llamamos
laicos a esa parte importante de la Iglesia que no son sacerdotes
ni religiosos, los “cristianos corrientes”. Ellos, como decía Pío
XII, no sólo “pertenecen a la Iglesia”, sino que con toda propiedad
“son la Iglesia”.
Ellos
están metidos en el mundo “hasta las cejas”. Viven en todas
y cada una de las ocupaciones del mundo y en las condiciones normales de
la vida familiar y social. Toda su vida está como entretejida por esa
realidad. Allí es donde se encuentran, y allí es donde Dios los ha
llamado.
Vivir
es responder a una llamada. Toda vida humana es una vocación. Es
vocación la vida del sacerdote, del religioso, ... y también la del
laico. ¿A qué llama Dios al laico? A llevar el mensaje del evangelio a
esa realidad del mundo en el que vive. El laico está llamado a transformar
el mundo haciéndolo más parecido a lo que Dios quiere de él. Como
dice el Concilio Vaticano II, está llamado a “buscar el reino de Dios
tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios".
Para eso no necesita que nadie le dé un “mandato” o un
“permiso” especial. El “permiso” lo tiene ya por su Bautismo,
que nos une a Cristo para siempre, y hace del cristiano “otro Cristo,
el mismo Cristo”.