Jesús
pasó su infancia siendo un chiquillo más de Nazaret, un niño
bueno de Nazaret. ¿Sólo eso? Era más, mucho más, ciertamente. Pero,
¿se notaba en algo? Ésta es la más ardua y difícil de las preguntas.
Toda infancia es misteriosa, pero la de Jesús debió serlo mucho
más. Y no hará falta inventar milagros. ¿Qué peso externo tenía su
realidad de Hijo de Dios? ¿Cómo influía en este niño la
responsabilidad, sin duda creciente, de su misión?
Todos
los genios destinados a una gran tarea, han sido desconcertantes en sus
años infantiles, sin que haya que recurrir a hechos extraordinarios.
Los padres de la Iglesia han tendido a presentárnoslo como un adulto
prematuro. Pero lo que es claro es que, si aceptamos la verdadera y no
simbólica encarnación de Cristo, tenemos que asumir todas las
consecuencias de esta total humanidad.
Parte
de esta “densidad de la condición humana” es el hecho de ser un niño,
no un adulto disfrazado de niño. En verdad, que privar de su infancia
–¡de una infancia verdadera!– a quien mandó que nos hiciéramos niños,
sería robarle a Jesús algo muy grande. Es más: Jesús ha sido el único
ser humano que ha logrado permanecer niño durante todos
los segundos de su vida.
Sí,
sí, era un niño, fue un niño, totalmente niño. Lo que no quiere
decir que el misterio no gravitara sobre él y que este misterio
no desconcertara a cuantos le rodeaban. Sería, sí, ese niño raro que
desconcierta a quienes le rodean, no porque haga algo distinto de los
demás, sino porque todo cuanto los demás hacen lo vive él de un modo
distinto, con una extraña profundidad. Un poeta español lo ha
expresado con cuatro versos inquietantes:
Cuando
con los otros niños
de
Belén jugabas tú
¿sabias
o no sabías
que
eras el Niño Jesús?
Nunca
encontrará respuesta esta pregunta de Manuel Fernández Sanz. Jamás
sabremos cómo ni cuándo en la conciencia humana de Cristo brotó el
conocimiento pleno de su personalidad y su misión.
(José Luis
Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret
(Salamanca 1990) 194-195)