Los pañales del Niño

28 diciembre 2003

El tiempo de Navidad

 

No todo podía ser previsto en este viaje sorpresivo durante el cual ciertamente se daría el parto. Pero los pañales estuvieron entre las cosas que María llevó consigo. Lo que le tocaba a ella, no tenía porqué confiarlo a la providencia. Tal vez no hubiera un lugar apropiado donde colocar la cuna.  O quizá ni siquiera se podría contar con ella. Pero los pañales estaban disponibles para ese momento. Porque María sabía que los iba a necesitar, y se preocupó por ellos. Pequeño detalle. Pero que serviría de signo para ángeles y pastores.

Lucas es sumamente discreto al contarnos el nacimiento de Jesús en Belén. Y sin embargo, en esto de los pañales, se propuso insistir. Quizá fuera un recuerdo de aquellos que María tantas veces rumió en su corazón, y que luego confió al evangelista.

El hijo del hombre, cuando nace, es un ser aún más indefenso que cualquier otro animal. Es totalmente dependiente para cualquiera de sus necesidades. Diríase que los pañales son el símbolo de esta dependencia. Es quizá el elemento que distingue un parto humano del de cualquier otro animal. Es un gesto de protección y ternura que la mujer tiene para con su pequeño y que ninguna otra madre tiene con su recién nacido.

Al aceptar plenamente su humanidad, quiso compartir lo específico de su especie, los pañales.

Al no tener lugar entre los hombres se vio obligado a nacer entre animales, usando como cuna su pesebre. Pero su madre le regaló el primer gesto humano, que fue envolverlo en pañales.

En el relato de su vida que nos traen los evangelios, su ropa seguirá teniendo un enorme simbolismo. Quizá no tenga a veces un lugar donde reclinar su cabeza. Tal vez ni siquiera logre tener lo que los zorros tienen, una madriguera donde guarecerse. Pero siempre lo veremos envuelto en su manto, signo distintivo del humano. Manto que tendrá la fuerza sanadora de su propia carne. Túnica que no será rasgada en el reparto que los soldados harán de sus ropas, llegando a simbolizar en ello la unidad de su esposa, la Iglesia. Sábana perfumada que guardará su cuerpo yerto en el sepulcro. Lienzos que nos dejará como signo visible de que su cuerpo resucitado ya no los necesita más.

El Hijo de Dios asumió plenamente la realidad humana, hasta en el signo humilde de necesitar los pañales.

(M. Menapace, Esperando el sol, citado en Un manantial inagotable (Cáritas; Madrid 1997) 125-126)

 

 

 

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Actualizado: 10 de junio de 2005