No había sitio en la posada

4 enero 2004

El tiempo de Navidad

 

La tradición popular ha gustado imaginarse a José de puerta en puerta y de casa en casa, recibiendo negativa tras negativa de sus egoístas parientes. Nada dice de ello el evangelio y la alusión a la posada hace pensar que José no tenía parientes conocidos en Belén y que fue directamente, con su esposa, a la posada.

De nuevo viene a nuestra imaginación la figura del posadero que, con rostro avariento, se asoma a un ventanuco con un farol para examinar la catadura económica de quienes piden albergue. Y le vemos cerrando la ventana, codicioso del rendimiento que pueden producirle sus habitaciones, cedidas a huéspedes mejor trajeados.

Pero otra vez nos engaña la imaginación, basada en una incorrecta interpretación del "no había sitio" del texto evangélico. En las posadas palestinas, en realidad, siempre había sitio y a esa frase hay que darle un sentido diverso. La posada - el Khan - oriental, de ayer y aun de hoy, es simplemente un patio cuadrado, rodeado de altos muros. En su centro suele haber una cisterna en torno a la cual se amontonan bestias, burros, camellos, corderos. Pegados a los muros -entre arcadas a veces- hay unos cobertizos en los que viven y duermen los viajeros, sin otro techo que el cielo en muchos casos. A veces pequeños tabiques trazan una especie de compartimientos, pero nunca llegan a ser habitaciones cerradas.

Escribe Riciotti:

"En aquel amasijo de hombres y bestias revueltos se hablaba de negocios, se rezaba, se cantaba y se dormía, se comía y se efectuaban las necesidades naturales, se podía nacer y se podía morir, todo en medio de la suciedad y el hedor que aún hoy infectan los campamentos de los beduinos en Palestina, cuando viajan".

A este patio se asomó José y comprendió enseguida que allí no "había sitio". Sitio material, sí. Jamás os dirá un oriental que no hay lugar. Amontonándose con los demás, siempre cabe uno nuevo. Lo que no había sitio adecuado era para una mujer que está a punto de dar a luz. A José no le molestaba la pobreza, ni siquiera el hedor, pero sí aquella horrible promiscuidad. Su pudor se negaba a meter a María en aquel lugar donde todo se hacía al aire libre, sin reserva alguna. Quienes han conocido el subarriendo sabes que esa es la mayor pobreza: la falta de intimidad para hablar, para amar, para orar. José lo habría aceptado para un simple pasar la noche, pero José sabía que tendrían que pasar allí días, tal vez semanas. Y que uno de esos días nacería su hijo. Un poco de silencio, un poco de paz era lo menos que podía pedirse. Tal vez preguntó al posadero si no le quedaba algún cobertizo independiente. Y el posadero levantaría los hombros y le señalaría con la mano aquel amontonamiento. Tal vez el mismo dueño de la posada le dijo que había en los alrededores muchas grutas abandonadas que usaban para guardar el ganado y que en una de ellas podía refugiarse. No es siquiera imposible que el propio posadero soliera guardar en ella su ganado. Lo cierto es que a ella fueron a parar José y María.

(José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret (Salamanca 1990) 128-129)

 

 

 

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Actualizado: 10 de junio de 2005