Dicen que “No hay cocido sin tocino, ni sermón sin
Agustino”. Y es que pocos
corazones han vivido tan intensamente las pasiones, inquietudes,
desvelos y curiosidades como el corazón de Agustín de Hipona
(354-430)
Agustín nació en Tagaste, hoy
Argelia, de padre pagano y madre cristiana. Muy pronto destacó por su gran
talento. En su juventud llevó una vida licenciosa, y convivió
catorce años con una mujer, con la que tuvo un hijo, Adeodato. Sus búsquedas
intelectuales le llevaron hasta el maniqueísmo (sistema filosófico
que mantiene que en el mundo hay dos principios que luchan eternamente:
el Bien y el Mal). Cuando llega a Roma y Milán para ejercer de profesor
de retórica, está confuso y atormentado.
Las oraciones de su madre, santa Mónica,
y las palabras del obispo de Milán, san Ambrosio, le llevan a su conversión.
Tras ser bautizado, vuelve a su patria, donde funda un monasterio. Pocos
años después es ordenado sacerdote, y en seguida, obispo de Hipona.
“Pastorear el rebaño del Señor es un trabajo de amor”, dice.
Predica, se desvive, atiende a los pobres, aconseja a todos. San Agustín
es un pastor de ayer y de hoy.