San Agustín: la oración de un corazón inquieto

21 marzo 2004

Testigos de oración
          

 

            Dicen que “No hay cocido sin tocino, ni sermón sin Agustino”.  Y es que pocos corazones han vivido tan intensamente las pasiones, inquietudes, desvelos y curiosidades como el corazón de Agustín de Hipona (354-430)

            Agustín nació en Tagaste, hoy Argelia, de padre pagano y madre cristiana. Muy pronto destacó por su gran talento. En su juventud llevó una vida licenciosa, y convivió catorce años con una mujer, con la que tuvo un hijo, Adeodato. Sus búsquedas intelectuales le llevaron hasta el maniqueísmo (sistema filosófico que mantiene que en el mundo hay dos principios que luchan eternamente: el Bien y el Mal). Cuando llega a Roma y Milán para ejercer de profesor de retórica, está confuso y atormentado.

            Las oraciones de su madre, santa Mónica, y las palabras del obispo de Milán, san Ambrosio, le llevan a su conversión. Tras ser bautizado, vuelve a su patria, donde funda un monasterio. Pocos años después es ordenado sacerdote, y en seguida, obispo de Hipona. “Pastorear el rebaño del Señor es un trabajo de amor”, dice. Predica, se desvive, atiende a los pobres, aconseja a todos. San Agustín es un pastor de ayer y de hoy.

“El hombre, parte de tu creación, desea alabarte; el hombre, que arrastra consigo su condición mortal, la convicción de su pecado, y la convicción de que tú resistes a los soberbios. Y, con todo, el hombre, parte de tu creación, desea alabarte. De ti proviene esta atracción a tu alabanza, porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla sosiego hasta que no descansa en ti.”

"Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte. ¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empecé a amarte! Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo detrás de la hermosura por Ti creada; las cosas que habían recibido de Ti el ser, me mantenían lejos de Ti. Pero tú me llamaste. Me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. Tú me iluminaste y tu luz acabó por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de Ti. Me has tocado y mi corazón desea ardientemente tus abrazos.”

(De las “Confesiones”)

     

   

 

                  

 

 

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