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«EL
que no ama permanece en la muerte. Quien aborrece a su hermano es un
homicida, y ya sabéis que todo homicida no tiene en sí la vida eterna.
En esto hemos conocido la caridad, en que Él dio su vida por nosotros,
y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos». Las
palabras de San Juan, pronunciadas desde el púlpito, resuenan en mi
memoria y me ayudan a mantener la entereza en estas horas aciagas. Hacía
mucho tiempo que la religión no me proporcionaba un consuelo tan
vigoroso como el que me brindó en la tarde del jueves, en la misa que
se ofició en La Almudena, en sufragio por las víctimas de la vesania
terrorista. Luego, al comulgar, sentí que por primera vez en mi vida
entendía plenamente el misterio de la Eucaristía: en aquel diminuto
fragmento de pan ácimo estaba Dios, y también los doscientos hermanos
que acababan de ser inmolados. Fue una experiencia mística, íntima y a
la vez solidaria, que me descubría el verdadero sentido de la caridad
fraterna y me aliviaba la infinita tribulación de aquellas horas.
Quizá las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan hallen
impertinente esta confidencia, por introducir consideraciones de tipo
religioso en una tragedia de naturaleza humana. Pero la religión
consiste, sobre todo, en descubrir a Dios en el rostro de cada hombre
que sufre (Mt, 25, 31-46); y creo que las muestras de espontánea efusión
que los madrileños están protagonizando en estos días trágicos
constituyen otras tantas manifestaciones religiosas, en el sentido más
primigenio de la palabra. A fin de cuentas, como escribió el mismo San
Juan, «a Dios nunca le vio nadie; pero si nosotros nos amamos
mutuamente, Dios permanece en nosotros, y su amor es en nosotros
perfecto». Esas colas de hermosos madrileños que esperaban turno para
regalar su sangre; esos voluntariosos vecinos de Atocha y Santa Eugenia
y El Pozo del Tío Raimundo que salieron a la calle con mantas, para
socorrer a las víctimas aprisionadas entre un amasijo de hierros; esos
taxistas que ofrecieron sus coches para transportar a los heridos hasta
los hospitales; esos médicos, enfermeras, asistentes sanitarios, policías,
bomberos que trabajaron hasta la extenuación en las labores de rescate
y salvamento; esos psicólogos y sacerdotes que se juntaron en la
improvisada morgue de Ifema, para reconfortar a los familiares de los
asesinados... ¿no han confirmado acaso que son capaces de ofrecer la
vida por sus hermanos? En cada uno de sus gestos abnegados -muestras de
perfecto amor- se cobija un sacramento, una renovada eucaristía. Dios
permanece en nosotros, gracias a ellos.
Seguramente, muchos de estos madrileños que han entregado lo mejor de sí
mismos ni siquiera sean conscientes de su hazaña. Esta nueva hermandad
que han fundado seguramente haya nacido dentro de ellos de un impulso
espontáneo, ingobernable, necesario como el aire que se renueva en sus
pulmones. Pero, aunque sean inconscientes del tamaño de su generosidad,
aunque crean que se han limitado a cumplir con una obligación, todos
ellos han demostrado que poseen una reserva de gasolina espiritual que
permanecía escondida en algún secreto depósito, esperando la chispa
que la incendiase. El dolor del prójimo ha sido esa chispa; por eso
escribía antes que en su donación existe un impulso de naturaleza
religiosa, un deseo de religarse con el sufrimiento ajeno y hacerlo
propio, de amar más estrechamente, más ensimismadamente. Las alimañas
que sembraron el horror en Madrid jamás podrán extirparnos ese amor,
jamás podrán arrastrarnos a su bando, donde «permanece la muerte».
Por eso, hoy más que nunca, saborean la derrota: porque, al matarnos,
nos han dado más vida, nacida de una hermandad de la sangre
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