Teresa de Jesús: el trato con el Amigo

28 marzo 2004

Testigos de oración
          

 

 

Teresa de Cepeda y Ahumada, castellana de Ávila, fue de adolescente soñadora y novelera, con gran afición a los libros de caballerías, coqueta, según nos dice, y “enemiguísima de ser monja”; a los veinte años entra en el Carmelo, que le decepciona por sus blanduras, cae muy enferma y después de sanar prosigue un penoso camino de arideces, tentaciones e incomprensiones que van edificando su alma.

Cuando quiere reformar la orden carmelitana es ya una mujer madura, con hondas experiencias místicas que le dan aliento para sus constantes viajes por toda España, afrontando luchas y persecuciones, quebrantada de salud, “sin ninguna blanca”, pero inflexible en el propósito, porque “nunca dejará el Señor a sus amadores cuando por sólo Él se aventuran”.

Al convento de san José de Ávila seguirán otras dieciséis fundaciones (sin contar quince de varones descalzos, a las que contribuyó ayudando a san Juan de la Cruz), y tras un despliegue de actividad, dulzura y fortaleza que maravillan –“todo lo que hay en ti de águila y de paloma”, le cantó un poeta– muere extenuada en Alba de Tormes: “Tiempo es ya que nos veamos, Señor mío”.

Mujer excepcional por todos los conceptos, humanísima y alegre, franca, enérgica, tenaz, de un humor incomparable, rebosante de espiritualidad y manejando muy bien, siempre por obediencia, la pluma: sus libros, escritos al desgaire, que le han hecho doctora de la Iglesia, son un prodigio de gracia personal, simpatía y elevación.

El tópico, muy fiel a la verdad esta vez, de monja andariega, resume la paradoja de esta gran figura femenina que ha cautivado a todo el mundo. En éxtasis o entre pucheros, es la santa de la naturalidad sobrenatural, de una sencillez altísima que parece inasequible a los humanos sin la ayuda de Dios.

C. Pujol, La casa de los santos. Un santo para cada día del año (Rialp; Madrid 1991) p. 344

"Sin este cimiento fuerte (de la oración) todo edificio va falso". (Camino de perfección, 4, 5).

"No son menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad si queremos". (Vida, 7, 4).

"No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". (Vida, 8, 2).

     

   

 

                  

 

 

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