Juan Pablo II, centinela del mañana

 

 

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Artículo publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de "El Pueblo de Albacete" el 3 de abril de 2005

El 16 de octubre de 1978 los cardenales y el Espíritu Santo tuvieron el atrevimiento de elegir Papa a Karol Wojtyla. Es difícil resumir en poco espacio lo que ha sido su apasionante pontificado, porque en él está incluida la historia reciente del mundo, y nuestra propia vida personal.

Juan Pablo II ha sido como ese buen padre de familia que sabía sacar del arca “lo antiguo y lo nuevo”. Hombre de síntesis, tocado en los más profundo por las tragedias y las grandezas de nuestro tiempo, y al mismo tiempo, un hombre de Dios. Polaco, y al mismo tiempo, universal. Obrero, y también intelectual. Profesor y montañero. Filósofo y místico a la vez. Viajero y contemplativo. Gran comunicador y amante del silencio. Luchador de la libertad y fiel a sus principios. Padre y amigo. Anciano y joven al mismo tiempo. Guardián de la tradición y abierto al futuro. Sacerdote y hombre. Papa y enfermo. Plenamente moderno, y totalmente fiel a Cristo.

Dios a veces hace estas cosas. Como decía la letra de esa canción que le cantábamos los jóvenes en su primera visita a España en l982: “Hacía falta un mensajero, que nos llenara de esperanza, y Dios a Juan Pablo envió”. Podemos considerarnos dichosos de haber nacido en este tiempo y haberlo conocido. No es verdad que estos tiempos sean malos, ni para la Iglesia ni para el mundo. Serán “laboriosos”, interesantes, retadores, pero nunca malos. Hemos vivido con Juan Pablo II momentos irrepetibles de la historia mundial. Nos empujó a “no tener miedo”, a “remar mar adentro”. Nos enseñó a volar alto, como aquella bandada de “Juan Salvador Gaviota”; a atrevernos a pensar que también nosotros podemos cambiar la historia, como hizo Jesús. Exprimió el evangelio al máximo, sacándole hasta las últimas consecuencias, para que el hombre de hoy pueda ejercer su derecho a escuchar a Cristo.

¿Qué pierde la Iglesia y el mundo con su desaparición? Estoy seguro de que no perderá nada, porque las obras de los grandes hombres duran años, décadas, e incluso siglos y milenios. Dejan una huella que el tiempo no puede borrar, y que al contrario, se hace cada vez más profunda. ¿Quién podrá borrar la defensa que Juan Pablo II ha hecho del ser humano allí donde se encuentre, en una favela de Brasil o en un sótano de Bagdad, en el vientre de la madre o en la cama del hospital? ¿Quién callará su anuncio de Cristo en las plazas, en los estadios y en los foros del mundo? ¿Quién podrá apagar ya la esperanza que encendió en tantos?

“Tú introducirás a la Iglesia en el tercer milenio”, le anunció proféticamente el anciano cardenal polaco Wyszynski el día de la inauguración de su pontificado. La Iglesia hoy se encuentra ya metida en el tercer milenio cristiano. Dios nos ha traído hasta aquí. En aquella noche fría y húmeda de Tor Vergata, en Roma, a más de dos millones de jóvenes venidos de todo el mundo para el Gran Jubileo del 2000, Juan Pablo II les animó a ser “centinelas del mañana”, a acompañar al hombre de hoy que afronta una nueva etapa histórica, de enormes y complejos cambios. Un mañana, en el que el ser humano no está solo, porque Dios le sale a su encuentro siempre: hoy, y mañana, y también pasado mañana. Ésta es la herencia de Juan Pablo II, y éste, creo yo, debe ser nuestro humilde servicio a la humanidad de hoy: ser centinelas del mañana.

     

   

 

                  

 

 

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Hoja semanal de la Parroquia de la Santísima Trinidad y del Santuario de Nuestra Señora de Cortes (Alcaraz - Albacete)

Responsable de la edición: José Alberto Garijo Serrano

 

5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005