Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 17 de abril de 2005
En un autobús
de Jerusalén, una mujer israelí se me sentó al lado y emprendió
conmigo una animada e inquisitiva conversación. Los israelíes, que
todos ellos son agentes del Mossad en potencia, suelen ser muy
curiosones. Entre otras cosas, me preguntó si los católicos nos sentíamos
culpables. Me sorprendió la cuestión, y para despejar dudas, porque
hablábamos en inglés, le repetí la palabra “culpable” en hebreo,
“ashem”. Sí, la pregunta era efectivamente esa.
No recuerdo qué
le contesté. Pero más tarde me hizo pensar. ¿Somos los católicos
gente culpabilizada? Ciertamente, en parte de
la novela católica del siglo XX (Graham Green, Julien Greene,
Georges Bernanos, y otros), la trama está conducida a menudo por
personajes que arrastran un cierto sentimiento de culpa, provocado por
un pasado que no acaban de asumir y purificar. Pero, ¿es un sentimiento
generalizado?
En la labor
sacerdotal nos toca muchas veces enseñar a distinguir entre el
“sentimiento de culpa” y el “dolor de los pecados”. El “dolor
de los pecados” nace del deseo de volver a ser fieles al amor que Dios
ha demostrado por nosotros. El “sentimiento de culpa” nace por el
fracaso de un pasado que no se acaba de asumir. En ciertos momentos, el
sentimiento de culpa puede ser beneficioso, porque conduce a un cambio
de vida necesario. Pero cuando se convierte en un sentimiento permanente
y vital, conduce a personalidades enfermizas, resentidas, duras consigo
mismas y con las demás, e incapaces de amar y de enfrentarse al futuro
con esperanza. Este sentimiento morboso de culpa atenaza a veces no sólo
a los individuos, sino también a los colectivos y a las sociedades.
El 11-M nos dejó
una nación horrorizada, dolida, humillada, rota, dividida y enfrentada.
En muchos corazones arraigó el nefasto sentimiento de que ese atentado
fue el castigo merecido por nuestros pecados nacionales. No juzgo si
realmente hubo pecados nacionales o no. Lo que me parece funesto es el
sentimiento colectivo de culpabilidad, que ha engendrado una sociedad
dividida, crispada y desconfiada. Pasarán años para poder curar la
herida de este loco suceso que posiblemente ha cambiado nuestra
historia.
El problema,
ciertamente, viene de lejos. No es la primera vez que España afronta
crisis nacionales que conducen a efectos parecidos. Pertenecemos a una
gran nación, que ha aportado grandes logros a la humanidad. El mundo
hoy no sería lo que es sin la contribución histórica de la nación
española. Pero tenemos un defecto secular: arrastramos una gran
desconfianza hacia nosotros mismos y hacia nuestras posibilidades. Por
eso hemos tenido muchas veces la tentación de borrar toda nuestra
historia pasada, arrancar nuestras raíces, echarnos la culpa unos a
otros, y volver a construir todo desde el principio. Es la España
invertebrada de la que hablaba Ortega.
Entre otras
cosas, y para concretar en un aspecto, estamos renegando de la aportación
del cristianismo a nuestra herencia cultural y a nuestra sociedad
presente. Como si la herencia cristiana fuera la causante de todos
nuestros retrasos históricos, y el gran lastre para avanzar en la
modernización del país. En el fondo, es la reacción adolescente de
una sociedad culpabilizada que no termina de asumir su pasado de forma
adulta, y pretende arrancar los valores que, queramos o no, forjaron y
siguen forjando nuestra forma de ser. Asumamos nuestros pecados.
Purifiquemos la memoria de nuestros errores. Pero no nos culpabilicemos.
Necesitamos quitarnos complejos para crear fraternidad y afrontar con
esperanza el futuro.