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Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 20 de marzo de 2005
“Cuando
seas padre comerás huevos”, se decía. Aunque celebremos su Día,
parece que cada vez valoramos menos la figura del padre. O no sabemos
muy bien qué es. Nos venden que se lleva ser padres enrollados y
colegas como Emilio Aragón. Cuanto menos se note de que somos
“padres”, mejor que mejor. En otras épocas culturales, “padre”
era no sólo quien nos había engendrado, sino también quien nos había
ayudado a crecer. Edmundo D’Amicis decía del maestro: “Pronuncia
siempre con reverencia este nombre, ‘maestro’, que después del de
padre es el más noble”. El profeta Eliseo, cuando ve subir a Elías
al cielo en el carro de fuego, exclama: “¡Padre mío, padre mío,
carro y auriga de Israel!”. Hoy huimos de esa palabra, incluso los
curas. ¿Qué ha llevado a esta crisis de la paternidad? Veo tres
causas:
- Hemos
asociado la palabra “padre” con el autoritarismo. Parece como si
hubiera sido necesario matar culturalmente al padre para conquistar
la libertad. Si ya no hay señores ni patronos absolutos, tampoco
deberían existir los padres.
- La
“crisis del padre” va unida a la “crisis del varón”. Cierto
feminismo radicalizado no aboga sólo por la “igualdad de derechos
entre varón y mujer”, sino por la “igualdad radical entre varón
y mujer”. Parece lo mismo, pero no lo es. El varón y la mujer
deben tener los mismos derechos, pero esto no quiere decir que sea
lo mismo ser varón que ser mujer. Para conseguir esta igualdad
radical no hay más remedio que matar “culturalmente” al varón
y eliminar toda diferenciación entre los sexos. Así, surge un
nuevo tipo humano, mitad hombre, mitad mujer, como el Barón Asler
de Mazinger-Z. Sería un personaje “hombremujer”, un andrógino,
indefinido sexualmente, “unisex”, semejante a la imagen ofrecida
por algunos mitos musicales como David Bowie, Michael Jackson,
Prince, o David Gefen.
- Hemos
asimilado sin rechistar la desafortunada “ideología de género”,
que ha provocado la sustitución del “sexo” por el “género”.
Así, se habla de “igualdad de género”, “violencia de género”,
en lugar de “igualdad de sexos”, o “violencia doméstica”,
aunque a los sabios de la Real Academia de la Lengua los mandemos a
tomar por viento. El cambio no es inocente. “Sexo” es lo que uno
o una “es”: varón o mujer. “Género” es lo que yo “elijo
ser”: masculino, femenino, o cualquier mezcla proporcionada entre
ambos. Si ya no hay “hombre y mujer”, no existen tampoco
“padre y madre”. La polémica aprobación del matrimonio
homosexual llevará al destierro de las palabras “padre” y
“madre” al baúl de los recuerdos.
Muchos
lectores aplaudirán estos cambios culturales. Ahora, en mi opinión
–que, aunque sea humilde, creo que está humildemente fundada–,
constituyen un error. El varón y la mujer, desde la igualdad de sus
derechos, pero también desde su diferencia, se complementan y se
enriquecen. La referencia clara a la figura del padre, aunque se
modifique con los tiempos, es necesaria para poder crecer. Freud decía
que es el padre quien enfrenta al niño con el “principio de la
realidad”, y así le ayuda a despegarse de la figura materna y crecer
por sí mismo. Una cultura que renuncia a la paternidad vive condenada a
la esterilidad permanente, y donde hay esterilidad, no hay vida. Ni
siquiera el sacerdote renuncia a la paternidad, que ejerce de forma
distinta. Tenía su razón la pegatina que vi en un camión que adelanté
el lunes pasado por la carretera de Alcaraz, que había sustituido el
conocido “Peligro, bebé a bordo”, por “Peligro, papá a bordo”.
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