Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 24 de abril de 2005
Roma, año 452
de nuestra era. Los hunos asolaban lo que quedaba del Imperio romano y
amenazaban la capital. El emperador se había refugiado en Rávena. Al
encuentro de Atila, el rey de los hunos, viene un anciano venerable: León,
el obispo de Roma. La escena fue inmortalizada en un famoso fresco que
Rafael Sanzio pintó en las Estancias de Helidoro de los Palacios
Vaticanos (1512). Tras su conversación, Atila da marcha atrás sin
atacar Roma. ¿De qué hablaron? La versión más legendaria dice que León
fue ante el terrible rey vestido de todas sus galas pontificales y que
le exigió al invasor dar marcha atrás en nombre de Dios. Otra versión
menos romántica, y quizá más auténtica, habla de un sustancioso
tributo. El caso es que León gozaba de una gran autoridad moral, e
influyó decisivamente en la salvación de Roma.
Nuestro mundo se
enfrenta hoy a otro azote que amenaza su supervivencia. Ratzinger lo
llamó “dictadura del relativismo”. El mundo moderno ha
sacado al mercado libre una gran variedad de ideas, modas y corrientes.
La libertad de pensamiento ha conducido a nuestra sociedad a un nivel de
tolerancia, ciencia, cultura y bienestar como nunca había conocido.
Ahora bien, que exista libertad de pensamiento no quiere decir que todo
tenga el mismo valor. “Pluralismo” no quiere decir “dictadura del
relativismo”, este nuevo dogma que ha impuesto una creencia
demoledora: “todo tiene el mismo valor y nada es verdad”. No hay
certezas y, por tanto, nada vale la pena. La vida se sumerge en un vacío
oscuro, en una pasión inútil sin un fin claro. Ya en el pasado, la
“dictadura del relativismo” llevó al derrumbe de todos los valores,
y a las pesadillas nazi y comunista. Hoy está conduciendo a occidente a
una tremenda falta de confianza en sí mismo y a una desesperanza hacia
el futuro. Este relativismo se está volviendo contra la misma persona
humana.
La “dictadura
del relativismo” ha entrado también en nuestra Iglesia. El problema
no es “preservativo, sí o no”, sino que nuestras comunidades están
tristes, han perdido la alegría de la fe, porque para ellas ya nada es
verdad, y no confían en la fuerza del evangelio de Jesús. El problema
no es “sacerdocio femenino, sí o no”, sino que muchos han ido a los
curas buscando luz, y cuantiosas veces han encontrado oscuridad. El
problema no es “matrimonio homosexual, sí o no”, sino que la gente
venía a nosotros con sus preguntas sobre Dios, y les hemos contestado
con la última novedad socio-política-intelectualoide de moda. Ya no
somos ni sal ni luz.
La Iglesia
necesita recuperar la alegría que da la certeza de la fe. Debemos salir
a la calle, con humildad pero con coraje, como el gran papa León, por
amor a nuestra Roma de hoy, que es el mundo moderno, del que somos parte
y del que nos sentimos orgullosos. Sin imponer la fe a nadie, sin juzgar
desde fuera a nadie, con respeto absoluto por la libertad de las
conciencias, pero ofreciendo a todos la certeza del testimonio humilde y
seguro de Cristo, con nuestra palabra y nuestra vida gastada en el amor
a todos. Estaríamos defraudando si no lo hiciéramos. ¿No es esto lo
que Juan Pablo II vivió y enseñó? Quizá por esto, sin la menor duda,
Benedicto XVI, Ratzinger, es el hombre de nuestro tiempo.