Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 27 de febrero de 2005
Bien sabía
Ibarretxe que un debate lo gana, no quien tiene más votos, sino quien
es capaz de dictar el orden del día de la sesión. Puestos a elegir, es
mucho mejor tener voz que tener voto. Todos sabemos también que la
opinión pública no se ocupa de todos los temas posibles, sino sólo de
aquellos que están en el tapete, en el “orden del día” de la
actualidad. Este “orden del día” de la opinión pública actúa de
severo filtro que deja fuera de agenda los asuntos que no se consideran
relevantes en ese momento.
Juan Pablo II ha
sabido dictar el “orden del día” de la agenda de la actualidad en
muchas ocasiones, sin tener comprados un puñado de medios afines, ni ir
a remolque de la opinión, ni usar la censura. No tendrá el don de la
salud, pero tiene el don de la oportunidad, que consiste en saber estar
en el momento justo y en el lugar apropiado, y es fruto de una agudeza
especial para captar los momentos en los que el “tiempo de Dios” se
cruza con el “tiempo de la humanidad”. Junto con ser un hombre
tremendamente imprevisible y sorprendente, ha sido la misma persona
siempre, y esto es lo que lo convierte en una personalidad atractiva. No
necesita ser “políticamente correcto”. Uno no puede quedar
indiferente ante él. Cuando se producía la noticia, Wojtyla ya estaba
allí. Ha sabido sacar “rentabilidad” incluso a su enfermedad y su
vejez. A más de un viejo achacoso de ochenta y más años le he oído
hablar de la esperanza que suponía para él ver al Papa esforzándose
por trabajar y servir en esa situación.
Actor en sus años
jóvenes, estudiante universitario de literatura y poeta, Wojtyla es sin
duda un gran comunicador. Ahora bien, un buen comunicador tiene que
repartir algo más que sonrisas y abrazos, a no ser que quiera aburrir a
la gente el primer mes. Sobre todo debe transmitir confianza, hablar con
sinceridad, y saber encontrar un sentido a todo lo que hace. Feriantes
de mulas fuleros –con “respetos al máximo” por los feriantes de
mulas honestos– hemos conocido y seguimos conociendo ya demasiados;
buenos mensajeros, no tantos.
Quizá este
pontificado no habría tenido la repercusión mundial de que goza de no
haber tenido una cobertura informativa de primera mano. En la era de la
globalización, Juan Pablo II ha sabido usar de forma sabia los medios
de comunicación. Sabe que son una pieza fundamental de las sociedades
democráticas, y un factor imprescindible en la nueva evangelización.
Es consciente de que la Iglesia no puede darles de lado, con la excusa
de otras urgencias pastorales o sociales, de poca preparación personal,
de falta de medios materiales, o de desconfianzas más o menos supuestas
o ciertas. No ha hecho distinción notoria entre medios afines y críticos,
entre otras cosas por respeto a la profesión periodística y por su
confianza en la libertad humana. Al mismo tiempo, les ha puesto frente a
su propia responsabilidad, no sólo ante la verdad de la noticia, sino
ante la “verdad del hombre”, a la que toda la sociedad debe servir.
En 1980, ante la Asociación Europea de Periodistas, manifestó:
“Vuestra competencia, vuestra lealtad y vuestro espíritu de servicio
permitirán ofrecer una ayuda preciosa a los políticos, cargados con
obligaciones más complejas. En pocas palabras, vosotros habréis
contribuido a la edificación del hombre, que es en última instancia el
fin de vuestro trabajo, del ser humano, cuyos derechos son inseparables
de los de Dios”.