Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 27 de marzo de 2005
Norberto González
Gaitano es actualmente Decano de la Facultad de Comunicación
Institucional de la Universidad de la Santa Cruz de Roma. Juan Pablo II
lo nombró consultor del Pontificio Consejo de Comunicaciones Sociales.
Es un joven doctor en Periodismo, larguirucho y vivo como todos sus
hermanos, y aficionado, como ellos, a Tolkien y Chesterton. Doy fe de
que nació y fue bautizado en Alcaraz hace 47 años, donde todavía
pasan temporadas largas sus padres y su hermano Pepe, con quienes
comparto una grata amistad. Las veces que he coincidido con “Berto”
en Roma (dando cuenta de una “pizza” en Campo De’ Fiori) o en
Alcaraz (en casa de sus padres) siempre le he oído contar cosas
interesantes.
En el 2001 le
encargaron la lección magistral al inicio del curso académico. En ella
trató sobre la Iglesia y la opinión pública. ¿Qué es eso de la
“opinión pública”? Los sociólogos la estudian, los periodistas
intentan identificarla y expresarla, los políticos se escudan detrás
de ella cuando pretenden justificar determinadas políticas... Pero, ¿dónde
está la “opinión pública”? ¿Cómo se conoce? ¿Cómo cambia de
un momento a otro? No es fácil responder a estas cuestiones. Norberto
apunta que, en la creación de eso que denominamos “opinión pública”,
influye mucho la “espiral del silencio”.
Esta expresión,
“espiral del silencio”, se debe a la profesora alemana Noelle-Neumann.
La teoría de esta buena señora más o menos es como sigue: Todos
tenemos como un “olfato” para saber qué ideas están teniendo más
éxito, y qué ideas están retrocediendo. Además, nos da la impresión
de que para no quedarnos más solos que el Llanero Solitario, tenemos
que ser “progresistas”,
y aparentar vivir en sintonía con las ideas triunfantes. Por eso,
cuando estamos en público nos callamos las opiniones que creemos que
están en retroceso. En momentos de grandes cambios sociales, las
opiniones consideradas minoritarias pueden incluso desaparecer del
escenario público. Existen únicamente en las mentes de los hombres que
las comparten, pero que por miedo al rechazo de los demás, no las
expresan.
Tocqueville, el
autor de “Democracia en América”, identificó esta “espiral del
silencio” en ciertos comportamientos de la Iglesia en la época de la
revolución francesa. “La Iglesia de Francia”, decía, “hasta
entonces fecunda en grandes oradores, sintiéndose abandonada por todos
los que un interés común debía unir a su causa, enmudeció. Los que
negaban el cristianismo levantaban la voz, y los que todavía creían en
él callaban. Sucedió lo que hemos visto suceder a menudo desde
entonces, y no sólo en el hecho de la religión, sino también en todas
las demás materias. Los hombres que servían a la antigua fe temieron
quedarse solos, y temiendo más al aislamiento que al error, se unieron a la
muchedumbre, aunque no pensaban como ella”.
La comparación
con la época actual es casi obligada. Cuántas ridículas y apresuradas
alineaciones con las opiniones consideradas “políticamente
correctas”, o en sintonía con el talante de los poderes vigentes, están
cegando el espíritu crítico de gran parte de la sociedad española.
Existe un terrible silencio sobre lo verdaderamente importante. Y todo
por vivir “temiendo más al aislamiento que al error”, como decía
Tocqueville. De ahí el poco espacio que una opinión católica tiene en
ciertos ambientes universitarios, culturales, políticos y mediáticos.
Y es que, para hablar de Dios en ciertas plazas taurinas, hay que tener
los arrestos bien puestos. Como dice también la Noelle-Neumann, “sólo
los herejes y los santos no temen la opinión pública, porque son ellos
quienes la crean”.