Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 15 de mayo de 2005
El pasado 9 de mayo se celebraba el Día
de Europa, según reza el artículo I-10 de la Constitución Europea. A
pesar de haber quedado como “Primeros en Europa”, hemos de reconocer
que, con excepción de Pérez Castell, que izó la bandera europea en el
Ayuntamiento de Albacete, casi todos hemos pecado de omisión.
El 9 de mayo recuerda, como sabemos,
la “Declaración Schuman”, hecha pública el 9 de mayo de 1950 por
Robert Schuman (1886-1963), entonces Ministro de Exteriores francés. En
ella proponía la unión del comercio del carbón y del acero entre
Francia y Alemania, y la creación de una Alta Autoridad europea que
pusiera las bases de una paz duradera en Europa. Al año siguiente se
firmaba el Tratado de París, el primero de los Tratados europeos.
Robert Schuman había nacido en
Luxemburgo. De 1912 a 1962 representó a Moselle (Lorena) en el
Parlamento francés. Tras la Liberación, ocupó varias carteras en el
Gobierno francés: Ministro de Finanzas, Jefe del Gobierno, Ministro de
Exteriores y Ministro de Justicia. De 1958 a 1960 fue el primer
presidente del Parlamento europeo, que en 1960 lo nombró “Padre de
Europa”. André Philip, diputado socialista cristiano, Ministro de
Finanzas tras la Guerra, dirá: “Lo que más me llamaba la atención
de él era la irradiación de su vida interior. Uno estaba ante un
hombre entregado, sin deseos personales, sin ambición, de una total
serenidad y humildad intelectual, que no buscaba otra cosa sino servir
allí donde él creía que se le llamaba”.
Schuman fue un católico convencido,
educado en un catolicismo renovado y moderno, abierto a la democracia y
a la justicia social. En su obra “Pour l’Europe”, declara:
"La democracia debe su existencia al cristianismo. Nació el día
en que el hombre fue llamado a realizar en su vida temporal la dignidad
de la persona humana, dentro de la libertad individual, dentro de un
respeto de los derechos de cada persona y mediante la puesta en práctica
del amor fraterno a los demás. Nunca se habían formulado semejantes
ideas antes de Cristo. La democracia aparece, pues, ligada al
cristianismo, doctrinal y cronológicamente. Tomó cuerpo con él. Por
etapas, a través de muchos balbuceos, a menudo al precio de errores y
recaídas en la barbarie (…) El cristianismo ha enseñado la igualdad
de naturaleza entre todos los hombres, hijos todos de un mismo Dios,
rescatados por el mismo Cristo, sin distinción de razas, color, clase y
profesión (…)”.
Un
dicho judío dice: “Reunión de sabios, bien para el mundo; dispersión
de sabios, mal para el mundo”. La Europa de los años ’50 presenció
la coincidencia de tres grandes hombres de frontera: Robert Schuman,
Konrad Adenauer (Canciller del Gobierno alemán) y Alcide De Gasperi
(Presidente del Consejo de Ministros italiano). Eran hombres de una
profunda fe cristiana, y al mismo tiempo, políticos con un gran sentido
de la responsabilidad ante sus pueblos. No fueron los únicos que
forjaron Europa, que se tejió con todas las corrientes políticas:
liberales, democristianos, socialdemócratas y radical-comunistas. Por
desgracia, no todos los políticos católicos contribuyeron a la
democracia y a la paz. Pero sólo un laicismo trasnochado, aunque todavía
vivo y ruidoso, que, como decía Machado refiriéndose a Castilla,
“desprecia cuanto ignora”, puede ocultar la contribución del
cristianismo a la modernización de nuestra sociedad.