Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 31 de julio de 2005
Si julio y agosto son los meses de vacaciones, septiembre es el mes de
la Feria... y también de los divorcios. Por lo menos esto afirman los
abogados. Algo ocurre durante el verano que lleva a decir “Ya no
aguanto más”. Quizás sea el hecho de convivir obligatoriamente las
veinticuatro horas del día, sin posibilidad de escaparse al trabajo, la
peña o la asociación, y en las que el contacto y el roce se hacen tan
fuertes que terminan por escocer y quemar.
Divorciarse
es fácil, quizá demasiado. El proceso está concluido cuando se llega
al acuerdo sobre los muebles, el piso, los coches, y las últimas
100.000 pesetas de la cuenta. Las sentencias de divorcio afectan
fundamentalmente a la “pela”, y mucho menos a las personas
implicadas. Es más, en una sociedad tan permisiva y relativista como la
nuestra, donde la propiedad material vale más que la persona, mantener
un matrimonio se hace cada vez más difícil. Ahora bien, ¿qué coste
tiene el divorcio, no para los bolsillos de los ex–cónyuges, sino
para sus propias personas?
John
Gottmann, de origen judío, profesor de psicología en la Universidad de
Washington, y codirector del Seattle Marital and Family Institute,
afirma en su libro “Siete reglas de oro para vivir en pareja”
(Plaza & Janés, 2000), que “Una
de las razones por las que un matrimonio fracasa es que ninguno de los cónyuges
reconoce su valor hasta que es demasiado tarde. Sólo después de firmar
los documentos, repartir los muebles y alquilar apartamentos separados
se dan cuenta de lo mucho que han perdido. A menudo un buen matrimonio
se da por sentado, no se valora, y no se le dedica el respeto y el
cuidado que merece y necesita. Algunas personas pueden pensar que
divorciarse o languidecer en una relación infeliz no es nada serio, tal
vez incluso lo consideren ‘moderno’. Pero ahora contamos con
suficientes pruebas documentales para saber lo dañino que puede
resultar para todas las personas implicadas”.
Mi experiencia de amigos y personas
cercanas corrobora las palabras de Gottmann. Sufrir un divorcio está
entre las causas más frecuentes de estrés y de depresión, con todas
las repercusiones que estos trastornos tienen en la salud corporal. Por
lo demás, es el fracaso rotundo de las mejores ilusiones de la vida.
Aunque se pretenda “reconstruir la vida” en el futuro, esta tarea se
presenta imposible, porque la misma experiencia del fracaso matrimonial
nos hace estar ya de vuelta de casi todo. Incluso después de la
sentencia de divorcio quedan hijos, negocios en común y a veces deudas
compartidas, que hacen que un matrimonio sea más para toda la vida de
lo que uno cree. Una situación análoga, y quizá tan triste, la sufren
las parejas que, sin llegar a divorciarse, viven bajo el mismo techo sin
odiarse excesivamente, pero tampoco sin quererse, admirarse y respetarse
lo suficiente. Con todo esto, ¿no se podría hacer algo para evitar los
casos realmente evitables? ¿No es mejor prevenir que curar?
En España hay todavía pocas voces
que se atrevan a disentir del discurso “políticamente correcto” y
cuestionar el coste humano y social del divorcio. Sin embargo, en la
secularizada, moderna y democrática sociedad norteamericana, con una
larga tradición divorcista, no han sido los púlpitos y las sacristías
quienes han lanzado las voces de alarma, sino los institutos
universitarios de psicología. ¿Cuándo exportaremos estas inquietudes?