Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 5 de junio de 2005
Una
sexta parte del programa electoral del PSOE, entre las páginas 163 y
189, estuvo dedicada a la educación. Rodríguez Zapatero reiteró en el
discurso de investidura su compromiso con la enseñanza. Sin embargo, la
educación estuvo totalmente ausente en su discurso sobre el Estado de
la Nación, a pesar de la reciente presentación del Anteproyecto de Ley
Orgánica de la Educación (LOE).
La
calidad de vida de los españoles ha mejorado notablemente en los años
de la democracia. El precedente de la II República podría haber hecho
esperar una mejora en la calidad educativa similar, pero por desgracia,
la democracia no nos ha traído una reforma educativa y cultural de
calado. El español medio de hoy es el “nuevo rico”, instalado en
“Crónicas” o en “Buenafuente”, entrampado en la hipoteca de su
vivienda, pero en general ayuno de cultura y educación. España no llegó
a tiempo de las grandes reformas de la III República francesa, o de la
Italia del Risorgimento, o del Imperio Austro-Húngaro de finales del
Siglo de las Luces, que capacitaron a estos países para estar altamente
motivados para la educación y la cultura. La Ley General de Educación
(LGE), la verdadera revolución educativa que nos sacó del
subdesarrollo, es de 1970. Hoy da la impresión de que los Gobiernos de la democracia, y
en particular los Gobiernos socialistas, no han acertado en aprovechar
ese primer impulso de los años ’70.
No
todo en la LOGSE (1990) era malo. Dignificó
la Formación Profesional, dio cauces a la formación del
profesorado (que ya había previsto la LGE), prestó atención a la
diversidad y a los alumnos con dificultades. Pero esa reforma educativa
hacía recaer casi todo el esfuerzo en el sistema educativo, y casi nada
en el estudiante, como si el alumno no tuviera ninguna responsabilidad
sobre su vida. En la práctica,
generalizó la promoción automática de curso y los itinerarios
“blandos”. En consecuencia, los niveles académicos de los alumnos
españoles están entre los peores de la OCDE, y los profesores se ven
incapaces ni siquiera de mantener la disciplina en el aula, sin ningún
prestigio ante alumnos y padres. Aquellas virtudes de la clase
trabajadora, como el esfuerzo, el trabajo, el rigor, la ética
profesional, la generosidad, el mérito, el sacrificio, todo eso se ha
visto tirado por tierra por las reformas educativas de la izquierda.
La
LOE no viene a mejorar las cosas, sino a perpetuarlas, o sea, a
empeorarlas. Mantiene los mismos principios pedagógicos de la LOGSE ya
superados en otras naciones. El “Manifiesto por las Humanidades”,
firmado por 2.637 personalidades, advierte de la preocupante situación
de los Estudios Clásicos en la nueva ley. Se consagra la promoción
automática, e incluso se promueve el derecho a la huelga: “Las
decisiones colectivas que adopten los alumnos con respecto a la
asistencia a clase no tendrán la consideración de faltas de conducta
ni serán objeto de sanción” (Disposición adicional 1ª.5). Increíble,
pero desgraciadamente cierto.
No
hay indicios de mejora. No hay un interés real de la clase política.
Hay un silencio cómplice de ciertos intelectuales afines. Tenemos
bastante con “El Quixote”. Pero es que ni siquiera hay una especial
“demanda social”. En la última encuesta del CIS, la educación está
en el puesto número 12 de las mayores preocupaciones de los españoles,
señalada sólo por el 4,2% de los entrevistados. Y, ya sabemos, las
encuestas hoy mandan.