Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 17 de julio de 2005
Londres sabía a ciencia cierta que antes o después sufriría un
atentado terrorista. Pero, como dicen los evangelios a propósito de la
venida del Hijo del Hombre, nadie sabía ni el día ni la hora. Tony
Blair había insistido repetidas veces en que, cuando el inevitable
ataque sucediera, no conseguiría desmoralizar ni dividir al país,
porque hubiera significado el éxito de los terroristas.
El pasado 7 de julio,
una vez producido el atentado, Blair insistió en las mismas ideas:
“Cuando intentan intimidarnos, no nos intimidaremos. Cuando intentan
cambiar nuestro país o nuestra forma de vivir, no cambiaremos. Cuando
intentan dividir nuestra nación o debilitar nuestros propósitos, no
nos dividiremos, y nuestros propósitos permanecerán firmes. El
objetivo del terrorismo es sólo éste, aterrorizar a la gente, y
nosotros no nos aterrorizaremos”. Muy pronto, los londinenses han
sabido reaccionar y reponerse por encima del horror y volver a la
normalidad cotidiana. Nos ha sorprendido su silenciosa y firme
fortaleza, que pude comprobar también hablando por teléfono con un
familiar mío que vive en Londres. Los medios informativos españoles se
extrañaron de la escasez de imágenes y datos que ofrecían el Gobierno
británico y las emisoras locales, en comparación con lo sucedido en
España durante el trágico 11-M. Algunos periodistas españoles a duras
penas podían ocultar su molestia, e incluso su indignación por esta
austeridad informativa, y estaban atónitos de que la opinión pública
británica no se hubiera levantado en contra.
El terrorista busca
provocar el máximo horror posible con unos medios muy pequeños. Sus
armas no son sólo las bombas, sino también, y principalmente, la
televisión. Los 2.978 muertos del atentado de las Torres Gemelas son
pocas estadísticamente hablando si las comparamos con las producidas
por el SIDA, o por el cáncer, o por los accidentes de tráfico. Pero
las imágenes televisivas de los aviones chocando contra los edificios,
y el posterior derrumbe de las Torres, llegaron a todos los rincones del
planeta. Su objetivo, más allá de las muertes, es provocar pánico en
la opinión pública, y a través de él, obligarnos a cambiar. Se
entiende, por tanto, la austeridad informativa británica.
Por todo ello, deberíamos
preguntarnos cabalmente si algo falló en la gestión colectiva del 11-M
que hizo que se desatara entre nosotros ese mecanismo perverso del miedo
que nos llevó a la histeria colectiva, de la histeria colectiva a la
paralización, de la paralización a la desmoralización, de la
desmoralización a la culpabilización colectiva, de la culpabilización
colectiva a la división, de la división al enfrentamiento social. En
este sentido, el atentado del 11-M fue un éxito rotundo de los
terroristas. Hubo psicólogos en el Ifema, pero quizá faltó tacto
psicológico a los políticos y a los profesionales de la opinión pública,
que sirvieron de transmisores de esa histeria colectiva. Precisamente lo
que la clase política británica y los medios informativos ingleses han
querido evitar.
Deberemos pensar y
hablar mucho todavía del 11-M. Demasiadas veces en nuestra trágica
historia se nos ha negado el derecho a hablar de nuestro pasado, como
para que también callemos ahora. De acuerdo: hay que curar los traumas
colectivos, hay que pasar página. Pero los traumas se curan hablando de
ellos, no censurándolos. Y los traumas que no se curan, a la larga,
engendran monstruos.