Perdones difíciles

 

 

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Artículo publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de "El Pueblo de Albacete" el 22 de mayo de 2005

En estos tormentosos días he estado releyendo “Perdones difíciles” (Martínez Roca 1999), de Ana María Vidal Abarca. Su marido, el comandante Jesús María Velasco Zuazola, fue asesinado por ETA en enero de 1980. En 1981 fundó la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) junto con otras viudas de víctimas. Ha sido Presidenta de esta Asociación, y en la actualidad es Presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo (FVT). Apareció cogida del brazo de José Bono y Rosa Díez en las fotografías de la famosa manifestación del pasado enero.

Vidal Abarca declara que “durante este tiempo he conocido el dolor, el sufrimiento, la injusticia, la infamia, el olvido..., pero también la generosidad, la solidaridad, el hermanamiento, el perdón inconmensurable de quien, privado de aquello que más quiere, se acerca al verdugo, al asesino, y le ofrece su mano”. Su relato no refleja la amargura de quien vive preso del odio y habla con acidez. En el momento más impresionante del libro, narra el asesinato de un joven guardia civil en el País Vasco en los año ’80, el dolor de su mujer de 23 años y de sus dos hijos, y su triste entierro. “Esta viuda”, dice, “no sabía cómo debía actuar, cómo asumir el daño sufrido ni cómo garantizar el futuro de sus hijos. Pero ella, sola delante de la sepultura, quería perdonar. En medio de esa situación tan difícil, tan dura, le hubiese gustado perdonar”.

Y éste es el tema del libro: el perdón. Un perdón que no es fruto de la debilidad, sino de la fortaleza interior. Un perdón, dice, que “nace de la generosidad de la víctima”, pero también del “arrepentimiento de su verdugo”. “En el problema del País Vasco”, dice, “deben pedir perdón los asesinos, sus cómplices políticos y sociales, el Estado por su dejación, y la sociedad, por la complicidad que desde el silencio han ejercido (...) Deben pedir perdón por todos nuestros muertos, por los hijos perdidos, por la generación marcada por una ira de la que no conocían sus causas, por haberlos educado en el odio y la violencia en vez de en la libertad”.

Vidal Abarca cree posible ese arrepentimiento y ese perdón, aunque sea un “perdón difícil”. Su libro trasluce su gran temple humano y sus profundas raíces cristianas. ¿Cómo es posible que alguien que ha sufrido una injusticia tan grande crea en el perdón? Realmente, los humanos mortales vivimos toda nuestra vida parapetados detrás del escaparate de nuestras apariencias. Y es el dolor, compañero inevitable de la vida, quien desenmascara nuestro verdadero interior. Por eso hay personas que ante el sufrimiento reaccionan con rabia y terminan autodestruyéndose, y otras que fortalecen una humanidad que ya llevaban dentro. La autora aprovecha la ocasión para reflexionar sobre el perdón de la guerra, de la calumnia, de la infidelidad matrimonial, de la ingratitud de los hijos, del agresor. Todos ellos “perdones difíciles”.

Las víctimas del terrorismo no han pedido venganza, sino memoria, dignidad y justicia. Tenemos una deuda impagable contraída con ellas. Nuestra democracia no sería lo que ahora es sin su comportamiento noble y comprometido. Pertenecemos a una nación en la que la libertad ha costado la sangre de sus hijos demasiadas veces. A nadie le puede estar permitido mirar hacia otro lado ante este sufrimiento. Perderíamos nuestra dignidad humana. Las víctimas siempre tienen razón. ¿Las sabremos escuchar?

     

   

 

                  

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005