Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 3 de julio de 2005
En
el verano del ’99, el de la hipnotizadora y peligrosa “raja de tu
falda”, el grupo Estopa cantaba aquello de “Lo reconozco /
fumo porros a diario / me fumo uno y es como poner la radio”.
Los hermanos Muñoz prodigaban
las virtudes del “canuto” y de su pegadiza y rumbera
musiquilla para superar amarguras y tristezas. Quizá no hacían otra
cosa que reflejar una opinión ampliamente extendida, y por lo que
muestran algunos indicadores, cada vez más aceptada. La Fundación
de Ayuda contra la Drogadicción ha advertido recientemente de que
el 20 % de los españoles de 15 a 65 años defienden que las drogas
son algo a probar y que deben formar parte de nuestra experiencia
cotidiana, y que sólo el 44 % de los encuestados no encuentra ningún
beneficio en el consumo de este tipo de productos.
Quizá
los que andamos ya con un pie metido en los 40, y tenemos ya en el casco
de guerra bullones de contiendas pasadas, no recordamos lo difícil que
es para los adolescentes decir “no” cuando el ambiente social empuja
a decir “sí”. Aunque nos fastidiara un poco, saber con claridad cuáles
eran las normas de casa, dónde estaban los límites, y qué
pasaba cuando uno se sobrepasaba, nos ayudó a crecer e incluso ganar en
algunas batallas de la vida.
Uno
de los factores que hoy daña más la tarea educativa, en mi opinión,
es el doble mensaje que utilizamos con los jóvenes. Por un lado, quisiéramos
que fueran buenos estudiantes, respetuosos, abstemios, fieles, sinceros,
alejados de ciertos riesgos. Pero, por otro lado, se les presenta un
modelo de joven rebelde, independiente, trasgresor, amante del peligro,
descarado. En la lucha contra las drogas, los mensajes ambiguos,
permisivos y poco claros que desde el mundo adulto llegan a los jóvenes
producen un efecto desolador.
En
un Seminario reciente sobre “Cánnabis, mitos y realidades”,
se advertía que “existen indicadores sociales que demuestran la
existencia de un discurso propagandístico legitimador que conforman
toda una cultura pro-cánnabis. Entre estos se pueden destacar el
incremento del número de publicaciones periódicas especializadas sobre
el tema, el número de tiendas que comercializan productos asociados, de
asociaciones, profesionales y políticos que se unen a este discurso. La
cultura pro-cánnabis europea ha ido ocupando espacios sociales y
culturales y ha conseguido identificar su "producto" con el
ecologismo, el pacifismo, la rebelión juvenil y la libertad, así como
con otros movimientos sociales especialmente atractivos para los jóvenes,
que son necesarios desmontar por la falsedad de sus planteamientos”.
Ésta
es la cultura del “porro terapéutico”. Lo llamo “porro terapéutico”,
por el uso de este vocablo como encanto mágico que convierte en buenas
algunas realidades que de suyo no lo son, como el “aborto terapéutico”,
la “clonación terapéutica”, o la misma “guerra”, – aunque en
este caso se hable de “guerra preventiva” en lugar de “guerra
terapéutica” –. Podemos estar señalando a los fumadores de
nicotina como criminales contra la salud pública, y al mismo tiempo
transigir con los dobles mensajes y la permisividad hacia otras drogas,
sólo porque vienen de ciertos ambientes considerados en alza. Incluso
en algunos entornos oficiales se habla ya de consumo “indebido”
de las drogas. ¿Es que existe un consumo “debido”? ¿Por qué no se
aplica aquí la “tolerancia cero”? ¿Cosas de la moda?