Ahora sí, que viva Suárez

 

 

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Artículo publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de "El Pueblo de Albacete" el 19 de junio de 2005

Isaac Rabín (1922-1995) fue asesinado el 4 de noviembre de 1995 por un fanático judío. Durante el verano de ese año, tuve ocasión de presenciar en Jerusalén la terrible campaña levantada contra él por la derecha ultranacionalista. Toda la ciudad estaba llena de carteles que mostraban una caricatura de Arafat armado hasta los dientes y escondido detrás de una careta de Rabín. Recuerdo las lunas de un coche casi cubiertas con pegatinas de la oposición política, en una de las cuales se podía leer: “¿Qué has hecho hoy para derribar al Gobierno?”.

Cuando se cumplió un año de su asesinato, Shlomo Ben Ami – historiador, ex-Embajador de Israel en España, miembro del  partido de Rabín, el Partido Laborista, y ex-Ministro de Interior y Exteriores – al ser entrevistado en un programa radiofónico, explicaba algunas de las causas del magnicidio con una frase del historiador romano Tácito (59-119 d.C.): “Los amores del pueblo romano son breves y acaban mal” (“Brevis et infausti populi Romani amores”, Anales II,41). La cita reproduce los negros presentimientos de Germánico durante los honores que le tributaron en Roma por su victorias en el Rin (año 16 d.C.), bajo los envidiosos ojos de Tiberio.

Adolfo Suárez está recibiendo estos días numerosos homenajes. Hoy su figura aparece como la del gran hombre de Estado, dialogante y valiente, que jugo un trascendental y único papel en la instauración de la democracia en España. Algunas voces, con justicia, han destacado también la tremenda presión que sufrió por parte de las oposiciones políticas y de la prensa, e incluso desde su propio partido, que le llevaron a la dimisión. Ciertamente, su figura queda incompleta sin sus errores, tan propios del ser humano y tan difíciles de juzgar. Pero, ¿se cumplió en él también el dicho de Tácito, “Los amores del pueblo son breves y acaban mal”?

Un compañero mío dice que “Las altas cumbres son solitarias”. Es verdad que al buen hacer de un dirigente a veces le acompaña el reconocimiento del pueblo, pero no siempre es así, y muchas veces ni siquiera es lo más frecuente. La experiencia nos presenta gobernantes de todo signo político, cuya dedicación no se ve recompensada al final por el “amor del pueblo”. Sólo el paso del tiempo deja contemplar su obra con la perspectiva necesaria como para que surja el homenaje popular sincero. La misma Biblia, en esa extraordinaria pieza narrativa que es la “Historia de la Sucesión al Trono de David” (2 Samuel 7 – 2 Reyes), relata el desprecio que sufre este rey durante la revuelta de su hijo Absalón. David debe huir con los pocos hombres que le quedan, y sube llorando la “Cuesta de los Olivos”, camino del exilio.

El amor del pueblo es dulce, embriagador, tentador. No se puede gobernar siempre contra la opinión pública. Pero el pueblo es muchas veces un amante infiel y caprichoso. Sus amores son “breves y acaban mal”. Por eso, quien goza de su amor es afortunado, pero quien lo busca por encima de todo es un necio, es decir, alguien que “no sabe”, un “ignorante”. Acabará prisionero de sus caprichos, y se convertirá en un vendedor de sueños vacíos, un charlatán, un demagogo. Y sin embargo, como decía san Agustín, “pastorear al pueblo es un oficio de amor”. Por amor al pueblo, el gobernante se  sacrificará y dará su vida, incluso cuando ya no goce de su amor.

 

     

   

 

                  

 

 

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Hoja semanal de la Parroquia de la Santísima Trinidad y del Santuario de Nuestra Señora de Cortes (Alcaraz - Albacete)

Responsable de la edición: José Alberto Garijo Serrano

 

5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005