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Artículo
publicado por José Alberto Garijo en la sección dominical de Opinión de
"El Pueblo de Albacete" el 24 de julio de 2005
A quienes en España llamamos “bomberos”, en Inglaterra les llaman
“hombres de fuego” (“firemen”), y en Italia, “vigilantes del
fuego” (“vigili del fuoco”). Quizá este último nombre sea el más
curioso, y a la vez el más poético. Ve a estos servidores de la
sociedad como guardianes o centinelas que velan para que el fuego no se
salga de sus justos límites y provoque muerte y destrucción. Su misión
tiene bastante de profesionalidad, pero mucho más de generosidad y de
heroísmo. En sus manuales y en sus cuarteles siempre hay un lugar para
la oración y para el recuerdo de sus “mártires”.
La dolorosa muerte de
once agentes en el desgraciado incendio de Guadalajara me ha traído a
la cabeza la labor de los retenes forestales de Alcaraz. Mientras los
demás trabajamos o descansamos tranquilos, ellos recorren la comarca
con el camión rojo, el mono amarillo y el “walkie” abierto. Es difícil
salir un rato por la sierra, a cualquier hora del día,
sin encontrarte con ellos, desde Cortes hasta el Barrancazo, los
refugios de Peñascosa, las Crucetillas o la Sierra del Agua. La mayoría
son de aquí, padres e hijos de familias trabajadoras, que aportan a sus
economías familiares, a veces ajustadas, el fruto de su salario.
Arbancón, Jadraque,
Aragoncillo, Balconete, Humanes, Cogolludo, Cabanillas, Marchamalo, y
otros lugares de esa sierra hermana de La Alcarria viven ahora momentos
de luto. Tanto el dolor como la fiesta se manifiestan en las zonas
rurales con una intensidad especial, desconocida en la civilización
urbana. La desaparición de una persona joven, o la muerte provocada por
un fatídico accidente, sumergen a los pueblos en un peculiar silencio
solidario. Son una tremenda sacudida en su vida diaria, a veces monótona
y lenta. Todos sienten la necesidad de acompañar un entierro
multitudinario, donde no falta nadie, desde los jóvenes que todavía no
han aprendido a tragarse las lágrimas, hasta los viejos que aprietan su
bastón, en ese mismo lugar donde acostumbran sentarse cuando van a la
iglesia. Todos ellos, caras muy conocidas. Pocas palabras en el pésame,
porque pocas veces un abrazo o un beso han dicho tanto. A los párrocos
rurales nos toca el doloroso deber de dirigir, con temblor y dolor, las
únicas palabras permitidas, la esperanza cristiana, que suavicen un
poco las heridas y den un mínimo empuje a esos corazones rotos para
seguir funcionando. Quizá no haya momento del trabajo sacerdotal donde
se ponga más a prueba nuestro temple humano y nuestra autenticidad
evangélica.
A los “vigilantes del fuego” de Guadalajara los engulló una
traicionera llamarada en un barranco de Santa María del Espino. Quizá
no todas las muertes por accidentes laborales se puedan evitar, pero
todos, y especialmente empresarios, trabajadores y administraciones públicas,
tenemos el deber de prevenirlas. Las vidas de los obreros son
tremendamente valiosas. En nuestro
caso, es difícil determinar en este momento todas las responsabilidades
derivadas del accidente, tanto de personas como de instituciones. Con la
sensibilidad a flor de piel, la opinión pública, aun buscando la
verdad, tendrá que obrar con la mayor prudencia y respeto. Pero cuando
llegue el momento, con sosiego y sin apasionamiento, se deberán
determinar. Quizá así podamos evitar en el futuro otras muertes, y
recortar el alcance de otros incendios forestales. Porque en esta España
sedienta, sobre todo en verano, no sólo somos “defensores del
agua”, sino también “vigilantes del fuego”. |