El
poeta francés Paul Valéry, cuando le preguntaron en una ocasión
qué era Europa, respondió con tres palabras: “Atenas, Roma,
Jerusalén”. Estas tres ciudades son algo más que etapas de un
posible “pack” turístico. Representan la cuna de tres
civilizaciones que son las raíces culturales de Europa.
De
Atenas, y de toda la antigüedad griega, nos ha venido el amor
a la libertad política, la democracia. La filosofía,
otra gran aportación griega, se funda también en la libertad del
ciudadano frente a los mitos religiosos. De ahí también la confianza
en la educación: la filosofía busca educar hombres libres en el
pensamiento y en la acción. Busca lo verdadero, lo bueno y lo bello.
De
Roma nos ha llegado la creación del Derecho y la organización
del Estado. Europa se funda en el valor de la Ley por encima de
todos, ricos y pobres, esclavos y gobernantes. El Estado no está par
servir al gobernante, sino a la “cosa pública”, a lo que es de
todos. Sin Ley y sin Estado no hay democracia.
De
Jerusalén nos ha llegado el judaísmo y el cristianismo,
que aportan una idea de Dios nueva, y por tanto, del hombre y del
mundo. El Dios de los judíos y los cristianos es un Dios creador,
que ha dejado su huella en la naturaleza, y ha mandado al hombre que la
someta con su trabajo. La ciencia moderna tiene su origen en este
mandato bíblico. Y al mismo tiempo, el Dios judeo-cristiano sale al
encuentro de la libertad del hombre y le ofrece su amistad. Ver
la vida como una tarea, como una responsabilidad personal,
una idea cristiana, está en la base de la mentalidad europea. Además,
para los cristianos, Dios se ha hecho hombre. Ninguna criatura
tiene una dignidad mayor que el ser humano, de quien Dios ha tomado su
carne. La conciencia de la dignidad del ser humano nace de esta
visión de Dios.