Aquellos huelguistas que hacían fila para confesar

4 julio 2004

Raíces cristianas de Europa

 

 

           El pasado 1 de mayo entraron como miembros de pleno derecho de la Unión Europea varios países del antiguo bloque comunista: Polonia, Chequía, Eslovaquia, Hungría, Lituania, Letonia, Estonia y Eslovenia (que formaba parte de Yugoslavia). Así, estos países han culminado su proceso de democratización a partir de regímenes dictatoriales basados en la mentira y en la negación de la dignidad del ser humano. El símbolo de ese proceso fue la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Pero sin duda, todo empezó con aquella huelga en los astilleros Lenin de la ciudad polaca de Gdansk en agosto de 1980.

            Los 17.000 obreros de los astilleros, a los que se sumaron otros de la zona industrial del Báltico, pidieron mejoras salariales, junto con la libertad sindical, la libertad política y de expresión, la efectiva libertad religiosa y de conciencia. No las solicitaban como “migajas generosas de papá-Estado”, sino como exigencia de esos derechos fundamentales a los que ningún ser humano puede renunciar. Además, querían honrar la memoria de los cientos de obreros de ese mismo lugar, muertos en 1970 en una revuelta similar.

            El ejército soviético, con la excusa de unas maniobras militares en la frontera ruso-polaca, amenazó con aplastar la protesta invadiendo el país. Mientras tanto, las televisiones de todo el mundo asistían a un espectáculo nunca visto antes: una imagen de la Virgen presidía la entrada de los astilleros rebeldes, se celebraba diariamente la Misa ante la cruz que recordaba a los obreros caídos en 1970, y filas de obreros, vestidos con monos de trabajo y barba sin afeitar, haciendo cola para confesar ante varios sacerdotes vestidos con sotana, roquete y estola. Para estos obreros, su fe católica no era “opio del pueblo”, como sugería Marx, sino el motor de su lucha por la libertad. La huelga terminó con los acuerdos de Gdansk el 31 de agosto de 1980, por los que el gobierno reconocía a “Solidaridad”, el único sindicato libre del mundo comunista. Su artífice fue Lech Walesa, un electricista padre de siete hijos, católico practicante.

            Estos hechos deben quedar en la memoria de la lucha de Europa por la libertad. Porque, no debemos olvidar, el Muro de Berlín no "cayó" por casualidad; lo "tiraron" miles y miles de ciudadanos que dijeron "basta" a la tiranía y la mentira. 

     

   

 

                  

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005