Caminando
por la “Via della Conciliazione”, con el fondo de la imponente Basílica
de san Pedro, podría venir a la mente pensar en lo que ha pasado en la
“Ciudad eterna” en sus 25 siglos de historia. En primer lugar, el
esplendor de la era de los césares, con sus templos y sus
monumento: el “Coliseo”, y los Foros, a donde llegan las “vías”,
todos los “caminos que conducen a Roma”. Roma eterna: punto de
encuentro de las culturas helenística, judía y cristiana. Allí mueren
mártires dos personajes entonces desconocidos: Pedro, natural de
Betsaida de Galilea, y Pablo, natural de Tarso. Pero el imperio
romano, que había aceptado el cristianismo también llegó a su fin
entre los siglos IV y V. Fue el momento en el que el cristianismo, sin
miedo a los nuevos tiempos, decide “pasarse a los bárbaros”.
Los pueblos llegados a Roma desde el norte se abren poco a poco a
la fe cristiana.
Roma
resurge de su ruina con los papas León Magno (400-461) y Gregorio
Magno (540-604). Roma se
convierte en una población pequeña sucia e insalubre; sólo la
presencia de los papas en Roma, ininterrumpida excepto en el periodo de
Avignon (1378-1417),
salva esta ciudad de la decadencia total.
El
Renacimiento devuelve las sombras del esplendor de la antigüedad.
El Barroco es también la época de los papas protectores de las
artes, que atraen a los grandes artistas de la época. Las iglesias, las
plazas y las fuentes compiten con los monumentos de la antigüedad
romana. Tras la invasión de los Estados pontificios en 1870, Roma se
convierte en la capital del Reino de Italia. La paz entre el papa
y el nuevo Estado italiano se sella en los Pactos de Letrán
(1929).
En
Roma se firmó el primer Tratado de las comunidades europeas
(1957), y en Roma se firmará la primera Constitución Europea.
Pero lo que hace de ella “capital del mundo”, es sin duda que en
ella vive el Sucesor de Pedro.