Viena, 1663. Los turcos habían asolado ya los Balcanes y toda
Hungría. Ahora asedian la capital imperial.
Los 150.000 soldados turcos, al mando del visir Kara Mustafá
pretenden conquistar la ciudad como puerta de la islamización de toda
Europa Central.
Llegó el 12 de septiembre. En una pequeña iglesia sobre el
monte Kahlenberg, al alba, celebra la santa Misa un religioso capuchino,
el padre Marco de Aviano, enviado del Papa. Le asisten en el altar los
reyes y los príncipes de la coalición de las naciones cristianas que
han acudido a la defensa de Viena: Jan Sobieski, rey de Polonia, que
lidera la coalición; el markgrave Luis de Badem, llamado “Luis de los
turcos”; el duque Carlos de Lorena y otros muchos príncipes,
generales y ministros alemanes, polacos y austriacos, junto con
voluntarios italianos. Por el contrario, Luis XIV de Francia, había
apoyado el ataque turco contra el corazón de Europa. Después de un
encendido sermón en alemán, italiano y latín, el padre Aviano se
hinca de rodillas mientras las tropas luchan.
“En el nombre de Dios”, gritó el rey polaco Jan Sobieski.
Las tropas cristianas se elevaban a la mitad de los efectivos turcos, y
no contaban con artillería. La batalla fue violentísima y breve. En
pocas horas cayeron 20.000 turcos, y los demás huyeron en desbandada.
Viena se había salvado, y con ella, la misma Europa. El padre Aviano
estuvo entre los primeros que entraron en Viena liberada y celebró el
“Te Deum” de acción de gracias en la catedral.
Viena ya había sido librada del asedio turco por Carlos V en
1525. La batalla de Lepanto (1571) había detenido el avance turco por
el Mediterráneo. Pero a mediados del siglo XVII la dinastía de los Köprülü
había guerreado contra una cansada Venecia, y había penetrado en las
extensas regiones del oriente europeo. Por eso, la batalla de Kahlenberg
supuso un antes y un después en la historia europea. Se puso frente al
poder del imperio otomano, y ya no se extenderá más. Poco a poco,
Austria, Hungría, Rusia y Ucrania irán recuperando sus territorios
perdidos.
La guerra es siempre un gran mal. Pero, como dice el Concilio
Vaticano II, “mientras exista el riesgo de guerra y falte una
autoridad internacional competente y provista de medios eficaces, una
vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se
podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos". Qué
duda cabe, de que si Viena hubiera sido conquistada en 1663, la historia posterior de
Europa hubiera sido bastante distinta de lo que hoy
conocemos. Es indudable que la este oasis de libertad y respeto por la
dignidad que es hoy Europa, desde el Atlántico a los Urales, tendría
otra cara. Aquellos reyes que defendieron Viena procedían de países y
tradiciones muy distintas, pero a todos ellos los unía la defensa de
una civilización que entonces se llamaba " Cristiandad".