Quinto misterio de dolor: Jesús muere en la Cruz

 

6 de abril de 2003
          

Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como suya.

Después, Jesús, sabiendo que todo se había cumplido, para que también se cumpliera la Escritura, exclamó: “Tengo sed”. Había allí una jarra de vinagre. Los soldados colocaron en la punta de una caña una esponja empapada en el vinagre y se la acercaron a la boca. Jesús gustó el vinagre y dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,25-30)

Llegados al monte Calvario, Jesús es despojado de sus vestidos. Le arrancaron la túnica pegada a las heridas de su cuerpo. Desnudo, es tendido en la cruz. Gruesos clavos entran a martillazos a sus muñecas hasta clavarlas al madero. Sus pies también son perforados. El dolor es vivo. Levantan la cruz, y entonces todos los presentes gritan y le insultan.

Jesús se convierte en espectáculo. Todos lo ven. Ahora no puede moverse. Ahora ya no puede hacer nada. Parece vencido. Pero Él había dicho: “Cuando yo sea levantado sobre la tierra, entonces atraeré a todos hacia mí”.

¿Cómo puede atraer a todos? ¿Qué atractivo tiene la Cruz? En la Cruz de Cristo se contiene todo lo que el sufrimiento, el pecado y la muerte han sembrado en la historia de la humanidad. Es una montaña de miseria y de dolor inmensa. Y es también la mayor prueba de amor que ha visto este mundo. “Tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo al mundo, para que el mundo se salve por Él”.

No se puede entender al ser humano si no se entiende la Cruz, si no nos dejamos sorprender por este acontecimiento dramático. Porque la Cruz es la única esperanza, la única salida, que tiene el sufrimiento humano. Por eso los grandes santos, cuando contemplaron la Cruz de Cristo, se quedaron fijos en ella. “Me amó y se entregó por mí”, dijo san Pablo. Y lo mismo entendieron Francisco de Asis, y Juan de la Cruz, e Ignacio de Loyola, y Edith Stein, la monja carmelita mártir en Auschwitz.

“Quien se ama a sí mismo en esta vida, se pierde. Pero quien pierda su vida en este mundo, la ganará”. La Cruz, la necesidad de entregar la propia vida por amor, está metida en el corazón de todo ser humano. Sólo entregando la vida, la vida tiene sentido y tiene valor. Sólo haciendo vida la Cruz de Cristo, la vida da fruto. Una vida egoísta termina marchitándose y muriendo.

Dios Padre se quedó mirando a su Hijo en la Cruz, y acogió la entrega de su vida. María se quedó al pie de la Cruz, y también miró a la Cruz de su Hijo. Ella vivió en su propia carne la entrega de la vida. 

Así vivió Ella estas horas. Así las vive Ella también ahora, mirando el gesto de su Hijo en la Cruz, en todas las horas de la vida de la Iglesia peregrina y de la humanidad sufriente. Ella es Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia, porque Ella nos dio a luz a todos nosotros al lado de la Cruz.

Silencio

Padrenuestro

10 Avemarías

-          Madre de Cristo. Dios te salve, María...

-          Madre del varón de dolores. Dios te salve, María...

-          Madre del despreciado de los hombres. Dios te salve, María...

-          Madre del que soportó nuestros dolores. Dios te salve, María...

-          Madre del azotado. Dios te salve, María...

-          Madre del Dios humillado. Dios te salve, María...

-          Madre del molido por nuestras culpas. Dios te salve. María...

-          Madre del que curó nuestras heridas. Dios te salve, María...

-          Madre del cordero inmolado. Dios te salve, María...

-          Madre del Crucificado. Dios te salve, María.

Gloria

 

T

En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

 

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

 

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

 

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

 

Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta. Amén

 

 

* * * * * * * *

 

 

A ti, doncella graciosa,

hoy maestra de dolores,

nido en que el alma reposa,

a ti ofrezco, pulcra rosa,

las jornadas de esta vía.

A ti, Madre, a quien quería

cumplir mi humilde promesa.

A ti, celestial princesa,

Virgen sagrada,

María.

 

 [Algunos textos están tomados de B. Colinas, Te saludamos, María. El rosario celebrado y vivido (Madrid 1995)]

 

            

 

 

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Hoja semanal de la Parroquia de la Santísima Trinidad y del Santuario de Nuestra Señora de Cortes (Alcaraz - Albacete)

Responsable de la edición: José Alberto Garijo Serrano

 

5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005