Tercer misterio de gloria: la venida del Espíritu Santo

 

25 de mayo de 2003

Los Misterios del Rosario
          

Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la Madre de Jesús y con los hermanos de éste. A llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, semejante a un viento impetuoso, y llenó toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse

 (He 1,14; 2,1-4)

 

“Quedaos en Jerusalén, hasta que recibáis la fuerza de lo alto”, había dicho Jesús después de resucitar. Y allí estarán, en Jerusalén, con María, esperando el Espíritu Santo. “Quedaos en Jerusalén”: porque tenemos la manía de buscar la separación, el abandono, ir cada uno por su lado. Y es María la que mantiene unida a la comunidad cristiana, en oración, pidiendo el Espíritu Santo. Sin Ella, cada uno nos vamos por nuestro lado, y entonces el Espíritu Santo no puede venir.

         Por eso la Virgen, la Madre de Jesús, estará siempre en el corazón  de la Iglesia. La Iglesia tiene un corazón, que está siempre latiendo de amor, como decía Santa Teresa de Lisieux. Un corazón que la hace mantenerse unida, que le da seguridad para anunciar el evangelio con valentía, que da fortaleza a los mártires, que mueve al perdón. Este corazón está movido por el Amor. Y en el corazón de la Iglesia, moviéndola a vivir únicamente por el Amor, está María.

         Ella es la Imagen de la Iglesia que reza unida, que continuamente implora al Padre el Don del Espíritu Santo. Ella, que concibió al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, que es experta en abrirse a la acción del Espíritu Santo, le enseña a la Iglesia a pedir el Espíritu y recibirlo.

         Ella asegura que nunca faltará a la Iglesia la fuerza del Espíritu Santo. Por eso Ella es Madre de la Iglesia, porque cada uno de nosotros nacemos a la vida de hijos de Dios por la fe y el bautismo gracias al Espíritu Santo que recibimos en el bautismo, y cada vez que viene el Espíritu Santo, Ella ha suplicado su venida.

   

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

 

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

 

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno.

 

            

 

 

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4 Minutos de Buenas Noticias

Hoja semanal de la Parroquia de la Santísima Trinidad y del Santuario de Nuestra Señora de Cortes (Alcaraz - Albacete)

Responsable de la edición: José Alberto Garijo Serrano

 

5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005