El maestro Sócrates exigía a sus alumnos una única
virtud: la “enkrateia”, o “autodominio”, el “ser dueños de
uno mismo”. El “autodominio” es el valor que nos ayuda a superar
los vaivenes de los estados de ánimo, o nuestros gustos del momento, y
a que nuestra vida tenga una orientación. Es el luchar por llegar “más
alto, más rápido, más fuerte”, que encuadra estos días olímpicos.
No es bueno hacer siempre “lo que me da la gana”,
porque en realidad no estamos haciendo “lo que queremos”
verdaderamente, sino “lo que la gana me da”, que es distinto. Para
hacer “lo que quiero
hacer” hace falta vencer a la “gana”, y tener dominio sobre uno
mismo. La falta de autodominio nos hace creernos el ombligo del
mundo, acaparar las conversaciones, presumir de los logros, compararse
con los demás, despreciar todo lo que no viene de uno mismo.
Buscar el dominio sobre uno mismo da serenidad al carácter,
libera a la voluntad del desánimo; con él controlamos nuestros gustos
y vivimos mejor la sobriedad. Una persona dueña de sí misma es de
trato fácil y sencillo, porque no guarda “sorpresas”
desagradables: sabes en cada momento cómo es. El autodominio es
necesario para convivir con los demás, tolerar sus defectos y no
caer en la crítica amarga ante todo; nos hace aprender a escuchar,
estar pendientes de los demás, y olvidarse de uno mismo. Es
imprescindible en un educador, que necesita cantidades
industriales de paciencia cuando “lo llevan los demonios” por una
fechoría de los alumnos. Es fundamental en las personas que tienen algún
cargo público o alguna responsabilidad en la sociedad, o
son referentes donde los demás se miran para construir sus vidas.
“Hacer esto es superior a mis fuerzas”. No es verdad. Hay
virtudes que nos pueden costar más o menos vivirlas, pero están a
nuestro alcance. Como en todo, quien consigue las metas que se propone
en la vida, y también el “autodominio”, es el que no se cansa, el
que sigue hasta el final. El autodominio pide un ejercicio diario,
teniendo en cuenta que nunca llegaremos a conseguirlo del todo, y que,
como todo lo humano, podemos tener retrocesos. Implica un conocimiento
profundo de uno mismo (el famoso “Conócete a ti mismo”, del oráculo
de Delfos), y también humildad para reconocer los propios
defectos.