“Discreto” a veces es sinónimo de “mediocre,
de poco valor”, y por eso a veces no se aprecia, no se ve. Una cosa
discreta pasa desapercibida, sin que se note. Pero no podemos engañarnos:
no todo lo que se ve mucho es bueno; es más, una cosa buenísima se
puede estropear por tener exceso de escaparate.
No vivimos precisamente tiempos en donde falte escaparate. Muchas
veces se nos quiere vender lo que no vale nada a fuerza de imagen.
Por eso, la búsqueda de lo valioso no se puede guiar por la imagen. La
discreción y la sencillez, el pasar desapercibido, son a menudo prueba
de valor.
Lo mismo ocurre con la persona discreta. Dicen que “En
boca del discreto, lo público es secreto”. Y es verdad: el discreto
entiende que no todo se puede preguntar, no todo se debe saber, no
todo se puede decir. Mantiene el respeto por la intimidad de
las cosas. La persona discreta no está “en Babia”, y se chupa el
dedo. Intuye lo que hay detrás de los gestos y de las cosas que no se
dicen. Pero sabe callar una pregunta incómoda, o un comentario
que no es conveniente. Sabe que no se puede hablar mal de una persona a
sus espaldas.
Hoy muchas cadenas de TV basan una parte importante de su
programación en airear la vida privada de propios y ajenos. En
el fondo, se pisotea el derecho a la intimidad y al honor.
En estos casos, cambiar de canal, o apagar el televisor, es casi una
exigencia de “higiene mental”.
Hay
una obligación grave de guardar los secretos. El Catecismo de la
Iglesia católica dice: “Los secretos
profesionales –que obligan, por ejemplo, a políticos, militares,
médicos, juristas—o las confidencias hechas bajo secreto, deben ser
guardados, salvo los casos excepcionales en los que el no revelarlos
podría causar al que los ha confiado, al que los ha recibido o a un
tercero daños muy graves y evitables únicamente mediante la divulgación
de la verdad. Las informaciones privadas perjudiciales al prójimo,
aunque no hayan sido confiadas bajo secreto, no deben ser divulgadas sin
una razón grave y proporcionada” (n. 2491)
La discreción no tiene que ver nada con el “secreteo” o el
“misterio”. Existe
también una obligación de dar una información que nos piden
cuando existe un derecho a saber la verdad de las cosas. Esto es
naturalidad.