El Diccionario de la Real Academia define la empatía como
“Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo
de otro”. Andamos por la vida tan preocupados por mil cosas
realmente “importantes”, que nos olvidamos de prestarle atención a
las personas que nos rodean. Si nos descuidamos, poco a poco vamos
perdiendo el interés por los demás, nos vencen el cansancio, el mal
humor, el dolor de cabeza. Lo que menos deseamos en esos momentos es
escuchar lo bien o lo mal que lo están pasando los demás. Nos volvemos
antipáticos, indiferentes y bruscos.
Hace falta un esfuerzo especial por no dejarnos llevar por
nuestro estado de ánimo, y quitarle importancia a lo que llevamos entre
medias. La empatía supone una especial generosidad para salir de
uno mismo y hacer el esfuerzo por ponernos “en el lugar del otro”.
En el reino de la “paz y buen rollito” en que estamos
inmersos, podríamos pensar equivocadamente que la empatía es una
cierta “sintonía sentimental”. Es algo más profundo. No
depende del estado de ánimo, y sí de un ejercicio especial de autodominio.
Considerar más importantes los asuntos de los demás; procurar
sonreír siempre; no hacer un juicio prematuro de las personas; si no
tenemos tiempo, o es un mal momento, saber decirlo con cortesía y
delicadeza, sin brusquedad; evitar demostrar prisa, aburrimiento,
cansancio, dar respuestas tajantes o andar distraído al hablar con
alguien; saber dar ánimos siempre. Son comportamientos que
favorecen conocer mejor a los demás, mejoran la relación familiar,
hacen profundizar en la amistad. Dicen incluso que la empatía en el
trabajo mejora la productividad de la empresa. Desarrolla la capacidad
de motivar y encauzar positivamente a las personas.
La empatía es como una cereza que tira de las demás:
confianza, amistad, comprensión, generosidad, respeto, comunicación.