Fortaleza

27 junio 2004

Valores para vivir

 

 

  La fortaleza es la cualidad de lo que es fuerte. Si la virtud es el término medio entre dos extremos viciosos, entonces la fortaleza está entre el temor (el medio excesivo que no nos deja actuar), y la temeridad (que nos empuja a hacer cosas sin pensar en las consecuencias).

David Isaacs, en “La educación de las virtudes humanas”, dice, citando a J.A. Galera, que “la fortaleza es la gran virtud: la virtud de los enamorados; la virtud de los convencidos; la virtud de aquellos que por un ideal que vale la pena son capaces de arrastrar los mayores riesgos; la virtud del caballero andante que por amor a su dama se expone a aventuras sin cuento; la virtud, en fin, del que sin desconocer lo que vale su vida –cada día es irrepetible— la entregaría gustosamente, si fuera preciso, en aras de un bien más alto”.

            La fortaleza nos empuja a hacer lo que tenemos que hacer, aunque cueste, aunque tenga sus riesgos. Nos ayuda a superar las dificultades que la realidad o nuestra imaginación interponen en nuestras decisiones. No se trata de negar las dificultades, sino de decir “a pesar de las dificultades, vamos a hacerlo”. Pero la fortaleza está también reñida con la imprudencia y la temeridad. Si el riesgo es realmente grande, y los costes son tan altos que sería un locura hacer lo que tengamos planeado, hemos de ser fuertes y quedarnos sin hacer lo que deseamos, aunque sea muy apetecible.

La fortaleza no está frecuentemente en hacer grandes cosas. Los días están llenos de muchas cosas pequeñas. Las grandes hazañas de la humanidad están hechas de miles de cosas pequeñas, realizadas con paciencia.

La fortaleza consiste en ser fuerte con los fuertes, pero ser débil con los débiles. Solemos comportarnos al revés: nos mostramos débiles con el que se hace el fuerte, pero nos hacemos fuertes con los que tenemos por debajo. La persona que vive la fortaleza sabe dominarse, y comportarse con cada uno como se merece.

La fortaleza es una virtud cristiana, unida a la fe. El creyente encuentra en Dios la verdadera fuerza de la vida: “Mi fuerza y mi poder es el Señor” (Ex 15,2). Pero como todas las virtudes, la fortaleza se aprende, en esa escuela paciente de ir formando día a día nuestro carácter.

     

   

 

                  

 

 

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Actualizado: 10 de junio de 2005