Un proverbio dice: “La memoria del mal tiene larga huella; la
memoria del bien muy pronto pasa”. Y es que tenemos tendencia a
guardar buena cuenta de los agravios recibidos. ¡Y lo mismo nos
ocurre con los beneficios que les prestamos a los demás y el
inmenso trabajo que nos ha costado realizarlos! No
hay que enseñarle a un niño a decir “No”. Es la primera palabra
que aprenden. Sin embargo, cuesta mucho enseñarles a decir
“Gracias”. Por instinto, tendemos a poner nuestras manos para
recibir, como si tuviéramos derecho, y decir “más, más”. El
cuerpo no nos pide ser agradecidos, sino ser exigentes. Sólo la educación
hace nacer en nosotros la gratitud.
El español medio tiende a ser algo brusco, y no le
da las gracias ni a su padre. Por eso nos llama la atención cuando los latinoamericanos
que conviven entre nosotros como inmigrantes saben pedir las cosas
“Por favor”, y responden siempre con un “Gracias”. ¿Se trata de
algo más que palabras? ¿Es una actitud ante la vida? Dice Jacques
Chevrot: “Decid ‘gracias’ al menor servicio prestado por quien
sea; mas, pronunciad esta palabra sin afectación, como si cambiaseis
una simple mirada. Por sí sola, esta palabrita recompensa todos los
trabajos; repara la frase acaso un poco dura que se os ha escapado
anteriormente; equivale a una sonrisa y, a veces, la provoca; hace feliz
al que la pronuncia y a aquel a quien va dirigida” (Las pequeñas
virtudes del hogar, p. 34-35).
“Es de bien nacidos ser agradecidos”. No está mal terminar
el día repasando en nuestro interior todo lo bueno que durante el
día hemos recibido de los demás. Especialmente, merece la pena repasar
lo que hemos recibido de la gente que convive con nosotros y,
sobre todo, de nuestra
familia.