Laboriosidad

7 noviembre 2004

Valores para vivir

 

 

            Considerado una maldición bíblica, el trabajo ha tenido mala prensa.  Ya los Beattles cantaban: “It’s been a hard day’s night, and I been working like a dog” (“Ha sido la noche de un día duro, he estado trabajando como un perro”). Sobre la puerta de ese infierno que fue el campo de exterminio de Auschwitz,  los nazis colocaron el letrero “Arbeit macht frei” (“El trabajo hace libres”). Trabajar se asocia con animales, pero no con seres humanos.

            Juan Pablo II escribió en 1981 en su encíclica “Laborem exercens” (“El trabajo humano”): “El trabajo es un bien del hombre, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’”. Ciertamente, las bestias no “trabajan”; a lo sumo, empujan de un carro y aprovechamos su fuerza física. Sólo el ser humano “trabaja”, porque en cada cosa que hace, aunque sea la más insignificante, deja algo de su ingenio, de su esfuerzo, y de su propia humanidad. El hombre “humaniza” el mundo mediante su trabajo. No trabajamos para “ganar dinero”, sino para realizarnos como seres humanos.

El trabajo humano es la primera forma de ser solidarios, y contribuir al bienestar de la sociedad. Le devolvemos a la comunidad humana lo que ella ha invertido en nosotros en educación y bienestar.

No hay trabajos sin importancia. En una cátedra universitaria, en una concejalía, en un taller, en una escuela, en un camión de limpieza, en la casa... Lo que le da al trabajo su valor no es el “sueldo” o el “relumbrón social” que tiene, sino el ser humano que trabaja y deja en él su propia vida. Por eso el trabajo humano no tiene “precio”, porque la persona humana no tiene “precio”.

La laboriosidad es la virtud del que se empeña en un trabajo bien hecho. Exige constancia, imaginación, paciencia. A veces hay que trabajar mucho, a veces años y décadas, antes de ver el “fruto del trabajo”. Una sociedad sana y una nación grande están hechas de hombres y mujeres que viven la laboriosidad.

Cristo “trabajó con mano de hombre”. En Él , verdadero Dios y hombre, el trabajo humano tiene valor redentor. El hombre trabaja porque Dios trabaja.

     

   

 

                  

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005