Considerado
una maldición bíblica, el trabajo ha tenido mala prensa.
Ya los Beattles cantaban: “It’s been a hard day’s
night, and I been working like a dog” (“Ha sido la noche de un día
duro, he estado trabajando como un perro”). Sobre la puerta de ese
infierno que fue el campo de exterminio de Auschwitz,
los nazis colocaron el letrero “Arbeit macht frei” (“El
trabajo hace libres”). Trabajar se asocia con animales, pero no con
seres humanos.
Juan Pablo II escribió en 1981 en su encíclica
“Laborem exercens” (“El trabajo humano”): “El trabajo es un bien
del hombre, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma
la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se
realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se
hace más hombre’”. Ciertamente, las bestias no “trabajan”;
a lo sumo, empujan de un carro y aprovechamos su fuerza física. Sólo
el ser humano “trabaja”, porque en cada cosa que hace, aunque sea la
más insignificante, deja algo de su ingenio, de su esfuerzo, y de su
propia humanidad. El hombre “humaniza” el mundo mediante su trabajo.
No trabajamos para “ganar dinero”, sino para realizarnos como
seres humanos.
El
trabajo humano es la primera forma de ser solidarios, y
contribuir al bienestar de la sociedad. Le devolvemos a la comunidad
humana lo que ella ha invertido en nosotros en educación y bienestar.
No
hay trabajos sin importancia. En una cátedra universitaria, en una
concejalía, en un taller, en una escuela, en un camión de limpieza, en
la casa... Lo que le da al trabajo su valor no es el “sueldo”
o el “relumbrón social” que tiene, sino el ser humano que
trabaja y deja en él su propia vida. Por eso el trabajo humano no tiene
“precio”, porque la persona humana no tiene “precio”.
La
laboriosidad es la virtud del que se empeña en un trabajo bien
hecho. Exige constancia, imaginación, paciencia. A veces hay que
trabajar mucho, a veces años y décadas, antes de ver el “fruto
del trabajo”. Una sociedad sana y una nación grande están hechas
de hombres y mujeres que viven la laboriosidad.
Cristo
“trabajó con mano de hombre”. En Él , verdadero Dios y hombre, el
trabajo humano tiene valor redentor. El hombre trabaja porque Dios
trabaja.