“LIBERTAD”: palabra mágica. Sólo pronunciarla
levanta pasiones. Un bien para muchos más valioso que la vida misma. Cuántos
han dado su vida por su libertad y la de su gente. Cuántos
acontecimientos heroicos, movimientos sociales y revoluciones han sido
posibles sólo por pronunciarla. También, por desgracia, cuántas
muertes inútiles se han cometido injustamente en su nombre.
El regalo más grande que Dios le ha dado al ser humano,
después de la vida. El hombre se siente un ser único en todo el
universo, un “bicho raro”, porque, a diferencia de los demás seres,
es libre. La libertad misma de Dios tiene su reflejo en la
libertad del ser humano.
A veces se confunde “libertad” con “independencia”.
“Quiero ser libre” equivale muchas veces a “quiero ser
independiente”, sin ninguna atadura. La lucha por la libertad se
confunde con la lucha por ir rompiendo compromisos que le atan a uno con
los demás. Esta pelea, que en ciertas etapas de la vida de las
personas, o de la historia de las sociedades, está justificada, puede
llevar a un tipo de persona aislada e insolidaria, a quien no le
importan la vida y los problemas de los demás, incapaz de asumir
compromisos y proyectos comunes con otras personas. Cuando el ser humano
vive así, viviendo sólo para él y de espaldas a los demás, en lugar
de crecer como persona, se autodestruye.
Una vida que no se entrega, que no se da a los demás,
es una vida que se desperdicia, se pierde. Por eso, una persona
libre es una persona que es capaz de disponer de su propia vida y
entregarla por algo o por alguien. En esto consiste la grandeza del ser
humano. La libertad exige la capacidad de decir “no”; pero sobre
todo, la capacidad de decir “sí”, con todas las fuerzas y con todo
el corazón. Es un reto, un desafío. Exige tener un proyecto de vida,
algo por lo que vale la pena vivir y morir, y dedicarse a él con todas
las fuerzas. La libertad así entendida es fecunda y da vida.
El ser humano siempre será un luchador en buscar de una libertad
más plena y definitiva. Es el esfuerzo por disponer de la propia vida y
entregarla por amor. En definitiva, el “combate cristiano” contra el
pecado es la lucha personal por esa libertad. Por eso, sólo Cristo, sólo
la gracia de Cristo, le da al ser humano la posibilidad de ser libre de
verdad.
El amor a la libertad, propia y ajena, aparece
siempre en las personas de corazón grande. Es confianza en el ser
humano que, a pesar de los caminos equivocados que tome, siempre puede
rectificar. En definitiva, es respeto por la obra creadora de Dios, que
ha creado al ser humano libre.