Hay
“cuentos chinos” que son ciertos como la vida misma. En uno
de ellos se cuenta que érase una vez un campesino que construyó su
casa frente a una montaña enorme
que no le dejaba
vez más allá de unos metros delante de la puerta. Cada día
salía con su pala a cavar la montaña durante un rato, recogía la
tierra en un canasto, y la volcaba lejos. Un día se le acercó un
vecino y le preguntó en tono burlón: “¿Crees que así podrás hacer
desaparecer la montaña?”. Y el campesino le contestó: “Yo,
posiblemente no. Pero detrás de mí seguirán mis hijos, y después,
mis nietos, y después, mis bisnietos. Y entre todos, conseguiremos
rebajar la montaña”.
Las tareas largas y difíciles piden paciencia. Que
no es “esperar sentado y aguantar lo que venga”, sino trabajar con constancia
y con empeño, sin desesperar porque no se vean resultados
inmediatos. Exige ilusión, confianza en lo que uno lleva
entre manos, y una fortaleza especial.
Las cosas grandes, las que valen de verdad la pena, están
cimentadas en la paciencia. Un gran descubrimiento científico exige
muchos días de trabajo constante, ensayando y equivocándose, a veces
empezando desde el principio, durante años y años. Construir una
gran amistad, un matrimonio firme, exige empeño, capacidad
de recomenzar, alimentar la relación día a día. Terminar unos estudios,
conseguir un trabajo o una oposición, exigen, más que
una especial inteligencia, paciencia para no abandonar.
El camino de la fe, de la santidad de vida, exige
también paciencia. Ésta es la gran empresa, la empresa de la vida. Los
textos del Nuevo Testamento la recomiendan para vencer las dificultades
que encontramos dentro y fuera de nosotros, como dice la Carta de
Santiago: “El labrador espera el fruto precioso de la tierra,
aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y
tardías. Tened también vosotros paciencia” (Santiago 5,7-8).