“Hay
personas que hablan y hablan... hasta que, al final, encuentran algo que
decir. Cuanto menos se reflexiona, más se habla. Pensar es hablar
consigo mismo. Y cuando se habla a uno mismo, no se nos pasa por la
cabeza hablar a los demás. He tenido ocasión de citar alguna vez un
aforismo fulminante de la tradición judía: “El estúpido dice lo que
sabe; el sabio sabe lo que dice”. Pues bien, leyendo ayer dos artículos
me he apuntado un par de citas que van en la línea del dicho rabínico,
y que me he apresurado a proponer en seguida, antes de nadie a mí mismo
(que tengo una tendencia inexorable a hablar demasiado), y después
también a quien me lee.
La
primera frase es atribuida – leo en el artículo – al comediógrafo
y actor francés de origen ruso Sacha Guitry (1885-1957). Su observación
es casi obvia, sobre todo si se piensa en la televisión: “Palabras,
palabras, capaces sólo de desvelar el rostro limpio de las ideas. Sólo
por casualidad, y después de mucho parloteo, se puede atisbar la luz de
un pensamiento.”
Y
aquí viene la otra consideración. Es de un autor más conocido, el barón
de Montesquieu (1689-1755), que en un escrito nos exhorta a reflexionar:
“Pensar crea silencio, y se alimenta del silencio, porque es un
‘hablar a sí mismo’”. Es precisamente esto lo que le falta a
quien habla mucho a los demás, corriendo el riesgo de proponer sólo el
vacío, el aire frito, la banalidad. Es esto por lo que son necesarias
la meditación, la escucha, la lectura. En sus “Predicaciones
vulgares” san Bernardino de Siena tenía una hermosa batuta: “Dios
te ha dado dos orejas y una lengua, para que oigas más que hables”.