Decía el psiquiatra austriaco Viktor Frankl, que “el
hombre no se destruye por sufrir; el hombre se destruye por sufrir
sin ningún sentido”. Ser ricos, guapos, listos, ganar un “Óscar”,
no forma parte de la vida de todos los seres humanos, Pero el
sufrimiento, sí. No hay nadie a quien, antes o después, no toque de
cerca el sufrimiento. Por tanto, el sufrimiento no es “in-humano”.
Esto no quiere decir que no haya que hacer nada por evitar el
sufrimiento, o que haya que buscar el sufrimiento a toda costa. Pero no
aceptar el inevitable sufrimiento, o convertir la vida en una loca
carrera por escapar de él, conduce a una situación neurótica
que acaba destruyéndonos. El sufrimiento cercano, propio o ajeno, nos
vuelve más humanos, curiosamente.
Es curioso ver cómo, entre las cualidades que se exigen a los deportistas,
está la capacidad de sufrimiento: aguantar los sacrificios, sin
quejarse; soportar las derrotas; saber renunciar a muchas cosas... Aquí
está la clave del éxito. Ellos han encontrado su sentido al
sufrimiento.
También el amor implica sufrimiento. Amar a una persona
es ser capaz de sufrir por ella, hasta el punto de dar la vida
por ella. Llorar
y sufrir por la muerte de alguien querido se convierte en una
forma de amarla. En estos casos, el amor ha dado sentido al sufrimiento.
Aceptar el sufrimiento nos ayuda a aceptar también nuestra
propia muerte, el acontecimiento final y definitivo de nuestra
vida. Cuando llega la enfermedad, el abandono, la muerte, quizá sólo
la fe cristiana nos ayuda
a ver su sentido. Cristo no evitó el sufrimiento, y no lo
suprimió. Alivió el sufrimiento de los que pudo. Pero sobre todo
convirtió el sufrimiento en el camino de la redención de la humanidad.
Nadie ha habido más “hombre” que Él, y sin embargo cargó con
nuestro sufrimiento. Él invita a todos a unir sus sufrimientos a su
cruz, porque de forma misteriosa, Dios está sacando de aquí una nueva
creación, el mundo nuevo donde no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor.