La “valentía” es ese valor que nos hace luchar por lo que
“vale la pena”. Nos ayuda a superar nuestros miedos, y
encauzar la vida en momentos difíciles. Ser valientes no es fácil:
hace falta fortaleza interior. Pero, por otro lado, no es
exclusiva de personas casi
extraterrestres: todos podemos ser valientes si surge la ocasión.
A
veces, la valentía implica ser consecuentes con nuestros actos,
y en concreto, asumir nuestros errores. Es más fácil escurrir
el bulto, o disimular. Por
amor a la verdad, por respeto a los demás, por coherencia con uno
mismo, es preciso reconocer los errores. Reconocer delante de nuestros
hijos, o de nuestros empleados, o de nuestros alumnos, que hemos metido
la pata, y pedir perdón, no nos quita ninguna autoridad; todo lo
contrario.
Unos van lanzados por
la vida, cuesta abajo y sin frenos, y a otros hay que remolcarlos. Ni
una cosa, ni la otra. Pero muchas veces nos atemorizamos por fantasmas
que sólo están en nuestra cabeza, y tenemos un enorme miedo al
fracaso o al ridículo. Un chico que no se atreve a decirle a
una chica cuánto le gusta, por miedo a que le diga que no, no está
actuando bien. Aparte de que el “no”, a diferencia del “sí”,
nunca es una respuesta definitiva, el mundo no se acaba, y hay más
chicas y más ocasiones.
Por
otro lado, la valentía tiene que ver también con defender lo
que sabemos que es correcto. Aunque defenderlo nos cueste el
cuello. La conciencia se “chiva” frecuentemente de que se está
cometiendo una injusticia, o se está faltando gravemente a la verdad.
En esos momentos, hace falta armarse de coraje y actuar con coherencia.
Hay momentos en que es obligatorio hablar para salir al paso de una opinión
pública mayoritaria pero equivocada, aunque no le guste a
esa mayoría.
Debemos
comunicarle a la autoridad civil o eclesiástica nuestra opinión
sobre asuntos graves, sobre todo si tenemos algún cargo que implique
dar algún tipo de consejo. Callarnos nuestra opinión, porque sabemos
que no le gusta al jefe, y ser “pelotilleros”, además de una
bajeza, es una falta a nuestras obligaciones.
Sin
duda, la cobardía engendra sociedades enfermizas y débiles. La valentía
produce personas dignas de respeto y confianza, sociedades sanas y
naciones fuertes.