Está muy difundido un concepto de “vida digna”
que la identifica sin más con “vida con calidad”,
entendida como “vida sin problemas, sin sufrimiento, en
plenitud de fuerzas físicas, con prestigio social y con
bienestar económico”. Según esto, la vida débil, enferma o
sufriente, no podría ser considerada como “vida con
calidad”.
Ciertamente, hay que procurar tener una vida con el máximo
de “calidad” posible,
sabiendo que la salud y el dinero no se identifican con
esa “calidad”. Pero es un grave error confundir la “dignidad
de la vida” con la “calidad de la vida”. Este
error fatal puede llevar a establecer, de modo más o menos
consciente, un cierto “control de calidad” sobre la
vida humana, que marque una distinción entre “vidas humanas
que merecen la pena vivir”, y “vidas humanas sin valor
vital”, a las que se empujaría a morir, de forma
“misericordiosa y con mucha compasión”, por supuesto.
Muchas personas en situación de enfermedad y sufrimiento
dan testimonio de entereza y ganas de vivir. Es obligación de
todos reconocer su dignidad, y ayudarles a que también ellos se
sientan útiles y contribuyan al bien
de toda la sociedad.