El
ser humano, que no es dueño de la vida, tampoco es dueño de
la muerte. Nuestra cultura está haciendo del morir un tema
“tabú”, del que no se puede o no se quiere hablar, y se
disfraza de mil maneras. Sin embargo, esta actitud no puede
esconder la pregunta fundamental: ¿cómo afrontar en la vejez
el declive inevitable de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la
muerte?
Aprender a morir, aceptar la propia muerte, forma
parte de esa sabiduría necesaria para poder vivir. La Biblia
nos ha dejado páginas de los salmos y de otros escritos donde
se refleja la actitud del creyente ante la muerte y la confianza
en Dios que da vida a los que mueren: “Él cura todas tus
enfermedades” (Sal 103,3), “¡Tengo fe, aun cuando dije:
‘Qué desdichado soy’!” (Sal 116,10); “Señor, Dios mío,
clamé a ti y tú me sanaste; sacaste mi vida del abismo, me
rescataste de los que bajan a la fosa” (Sal 30,3-4).
La vida terrena no es un valor absoluto para el
creyente. Por eso es posible incluso ofrecer la vida por
un bien superior: la defensa de la patria, o el testimonio de la
fe. Pero nadie, fuera del Creador, puede disponer
de la vida y de la muerte.