Ha
arrancado la campaña lanzada desde la Conferencia Episcopal española
sobre algunas cuestiones de interés social. Hay momentos en los que
nuestro sentido de la responsabilidad y nuestro servicio a los hombres
de hoy nos exige
“hablar claro, alto y bonito”. La eutanasia es el primero
de estos temas, suscitado a partir de un caso conocido por todos.
El mensaje de fondo de la campaña “Toda una vida para
ser vivida” es sencillo: la vida humana, en cualquier circunstancia en
la que se encuentre, tiene una dignidad.
No nos hemos dado nosotros la vida. A nadie nos han pedido
permiso para traernos a la vida. Nos enteramos del “viaje” en el que
nos habían metido cuando ya íbamos a medio camino. La vida se me
presenta como un gran regalo, una gran aventura, y una gran
tarea. No es un premio, ni el pago por nada; es, simplemente, un regalo.
Como cantaba Joan Baez, “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”.
Aceptar la propia vida, recibirla como
un estupendo regalo, acoger el reto de vivirla, es la gran tarea
que se nos presenta a los seres humanos. En definitiva, es “aprender
a vivir”. La vida es una tarea estupenda, y a veces también, una
tarea dura. A veces nos podemos encontrar con una situación para la que
no estábamos preparados. Por eso no es extraño que alguna vez
surja el deseo de “tirar la toalla”, despreciar la
vida y desertar de ella.
Nadie nace “sabiendo vivir”. Y nunca terminamos de
aprender. Aprender a vivir “en la salud y en la enfermedad, en la
riqueza y en la pobreza”,es fundamental hoy, sobre todo en un mundo en
el que se ha valorado hasta el infinito la riqueza, la juventud y la
salud. Aprender a crecer, a ser adolescente y joven, a abrirse paso con
valentía en la vida; aprender a asumir responsabilidades y compromisos;
aprender a hacerse a un lado y dejar el puesto a otros, aceptar la
enfermedad; aprender, sobre todo, a envejecer con alegría. Y aprender a
morir en paz.
Anunciar el “evangelio de la vida”, la “buena
noticia de que estamos vivos”, es una de las grandes tareas de los
cristianos de hoy. Es nuestro deber, en un mundo necesitado de
esperanza, y donde cada vez más quien no “produce”, no cuenta. Es
nuestra obligación con los hermanos que se sienten desesperados. Porque
somos hijos del Dios que da la vida.