30
de junio de 2002
Vidas
que dejan huella
Nació
en Cádiz el 9 de agosto de 1968. Aunque sólo vivió allí ocho años, se
sentía muy gaditano. Tras dos años en Algeciras, en 1978 su familia se
trasladó a Valencia. Tanto en Cádiz como en Algeciras, Alejandro fue alumno
de los salesianos. En Valencia, tras un breve lapso de tiempo en el colegio
Jaime I, acabó su educación básica en los escolapios. Sus calificaciones
durante esta fase educativa fueron siempre muy altas. La tenacidad de su
trabajo y la seriedad en el estudio se plasmaron en un expediente académico
brillante, reflejo de su sólida formación científica.
De
ahí que accediera sin problemas a los estudios universitarios de ingeniería
industrial en la Universidad Politécnica de Valencia; allí cursó los dos
primeros años de ingeniería. Sin embargo, su actitud serena, pero de cierto
desasosiego, hacía presagiar que la ingeniería no era más que un accidente
en una lucha interior que sólo él conocía aunque algunos intuían.
A
lo largo de toda su infancia, siguiendo primero a sus hermanos y
adelantándolos después, inició su vida en el movimiento scout. Su afán de
servicio y formación entre la juventud encontró en el escultismo un cauce
sincero y sacrificado. Las satisfacciones y dificultades de este servicio
elevaron sus miras que no encontraban fácil acomodo en esta sociedad.
Finalmente,
en septiembre de 1988, con veinte años de edad, mientras hacía cola para
matricularse en tercer curso de ingeniería, dio media vuelta e ingresó en el
Seminario Diocesano de Valencia. Los dos primeros cursos los finalizó -otra
vez con espléndidas calificaciones- en el Seminario de Moncada. El tercer
curso lo hizo como colegial de Santo Tomás de Villanueva en Valencia. Acabó
su bachiller de teología en junio de 1993.
A
lo largo de estos años dos aspectos se acentuaron en su vocación: de un
lado, sin abandonar del todo el escultismo, encontró aún más necesario el
servicio a los marginados. Menudearon desde entonces sus asistencias a los
ancianos del Asilo de Benagéber (Valencia) y a un grupo de enfermos
terminales de sida recogidos en un piso de Cáritas, asimismo en Valencia.
De
otro lado, su cercanía al mensaje y ejemplo de Francisco de Asís le hizo
acercarse a la pobreza más radical mientras se llenaba de una riqueza
espiritual no exenta de dudas. Efectivamente, lejos de reposar su vocación en
una serenidad acomodaticia, sus propias exigencias de perfección y bondad le
hacían dudar de su propia capacidad de seguir a San Francisco. El modelo lo
veía tan alto que las dudas le ensombrecían el ánimo. Alejandro pronto
encontró el remedio: se abandonó en las manos de Dios y esperó.
Amó
la peregrinación a pie: Asís, Roma, Santiago. Para él era un tiempo fuerte
de penitencia, oración y discernimiento.
En
busca de los más necesitados salió para Colombia con la organización no
gubernamental "Solidarios". Allí le destinaron, tras una suerte de
azares -de providencias- a la región del Chocó, al pueblo misérrimo de
Andagoya. Su labor no era otra que ayudar en lo que fuera menester. Pronto
entró en el corazón de los niños del pueblo con quienes gustaba jugar y
reír.
El
9 de julio, al atardecer de su décimo día en América, quien no era dueño
de sus actos le asestó una puñalada en la espalda. Tras padecer en silencio
tres horas, Alejandro Aznar Gómez murió en Colombia sin entenderlo muy bien,
pero comprendiendo que su servicio había acabado.
El
14 de julio de 1993 en la ciudad de Alcaraz (Albacete), Alejandro fue
enterrado entre el dolor y la esperanza de todos los que le querían. Junto a
su cuerpo reposan las dos únicas cosas que le ataron a este mundo: el cordón
franciscano y la pañoleta de la promesa scout.