Don Bartolomé, párroco de Munera

11 de agosto de 2002

Vidas que dejan huella
          

Bartolomé Rodríguez Soria nació en Riópar en 1894. En 1907 ingresó en el Seminario de Toledo, y fue ordenado sacerdote en Toledo el 16 de marzo de 1918. Sus primeros años de sacerdocio pasaron en Elche de la Sierra (1918), Balazote (1919), El Bonillo (1925), Peñascosa (1925), y finalmente, Munera (1927). Ya desde los primeros momentos, hizo propósito de ser sacerdote al cien por cien, dedicado totalmente a la catequesis, atención a los enfermos, cuidado de la Eucaristía, e incluso dar la vida en martirio si fuera necesario.

     La guerra civil española le sorprendió en Munera. Fue detenido el 27 de julio de 1936, por el único hecho de ser sacerdote. Con las manos atadas a la espalda, fue conducido a la iglesia y, junto con otros presos, encerrado en la sacristía de la iglesia parroquial, convertida en cárcel. Se le negó usar el colchón que le llevó su familia. Durante tres días fue sometido a grandes palizas en el mismo presbiterio de la iglesia. Al negarse a blasfemar, fue arrojado desde el púlpito abajo. En un momento que sintió sed, uno de los vigilantes se le orinó en la boca.

     Todo el espectáculo fue contemplado por una treintena de vecinos, que después dieron testimonio de lo sucedido. En ningún momento escucharon una sola queja, pese a que las heridas no le dejaban ya dar un solo paso.

     Antes de llegar el último momento, don Bartolomé pidió a sus torturadores que se acercaran. Les dijo que les perdonaba lo que estaban haciendo, y les besó uno a uno las manos.  Aquellos hombres salieron en silencio, pero alguno no pudo contener las lágrimas.

     Después de tres días de tormentos, don Bartolomé murió el 29 de julio, sobre las losas de la sacristía, manchadas con su propia sangre.

     El proceso de beatificación comenzó en Toledo el 6 de septiembre de 1963. Últimamente se ha reabierto la causa, recogiendo los testimonios que quedaban. Declararon incluso algunos de sus mismos verdugos, para quienes no hay ninguna duda que aquel sacerdote era un hombre bueno, y que realmente murió como un mártir. Don Bartolomé forma parte de la vida de fe de nuestras comunidades.

 

            

 

 

 

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