Charlando
un día con un grupo de gitanos de Alcaraz, me sucedió una anécdota
que me ha dado ocasiones para pensar y para hablar. Conversábamos de
todo un poco: del tiempo, del trabajo, y como no (tema obligado cuando
se habla con un cura), de los curas de antes y de los de ahora. Salían
curas gordos y flacos, serios y chistosos, jóvenes y viejos, buenos y
“regulares”.
En un momento de la conversación, uno de ellos me dijo que era
de un pueblo de Jaén. Entonces le dije si había conocido a don B., un
cura muy bueno (todavía vive) que sabía que había estado por allí.
Entonces el gitano abrió los ojos y me dice: “Ese
sí que era un cura santo. Ayudó mucho a la gente. Llevó mucha gente a
los conventos y al seminario.
Eran Dios y él”.
“Eran Dios y él”. No hay mejor forma de decir lo que
es una persona santa. En las vidas de todos nosotros, de nuestros
pueblos, han pasado curas y curas. Todos han dejado su marca. Pero como
ocurre con todo, sólo los curas santos han dejado huella. Aquel
gitanillo, de poco más de ocho años, se dio cuenta que el cura de su
pueblo era santo. ¡Hele ahí!